lunes 21 de abril de 2008
sábado 21 de abril de 2007
HOLA: Abro esta nuevo hilo para tratar en diferentes exposiciones los Tercios españoles, os hablaré de su organización, de su armamento, del camnio español. Espero que os resulte interesante. Los Tercios españoles. Al finalizar la Edad Media el influjo de la antigüedad clásica se deja sentir poderosamente en Europa promoviendo la aparición de profundas transformaciones políticas y sociales que marcan el nacimiento de los modernos Estados europeos. Como consecuencia de la superación de las estructuras medievales se crean ejércitos permanentes en cuya concepción y organización influyen no poco los principios constitutivos de la milicia romana. En España ese tipo de ejército de carácter permanente se configura a finales del siglo XV con motivo de las guerras entabladas con Francia en Italia por Fernando el Católico, quien en 1496 organizó la Infantería en unidades tácticas denominadas compañías que constaban de quinientos hombres. Sin embargo estas unidades no poseían suficiente capacidad de combate para operar aisladamente por lo que más adelante se creó una unidad superior denominada coronelía, que constaba de veinte compañías y contaba además con elementos de caballería y de artillería. Tras las victorias del Gran Capitán sobre los franceses en Italia, las afortunadas campañas del cardenal Cisneros en África y la elevación de Carlos V al trono imperial de Alemania, España se convierte en pieza fundamental de la dinámica europea configurada por la expansión del protestantismo en el norte y por la amenaza turca en el Mediterráneo. Para defender la unidad espiritual y política de Europa, el César Carlos convierte al ejército que le legara el cardenal Cisneros en una formidable máquina de guerra, en la que la Infantería organizada en tercios asombrará en adelante a Europa por su eficacia y disciplina. Los primeros tercios creados en Italia a propuesta del Duque de Alba, fueron los de Lombardía, Sicilia y Nápoles. En su génesis es preciso tener en cuenta tanto la doctrina y la práctica militares del Gran Capitán recogidas y asimiladas por sus oficiales y sucesores como la fusión del influjo de la antigüedad clásica con la tradición militar forjada en España a lo largo de siglos de enfrentamiento con el Islam así como las transformaciones en las tácticas de combate promovidas por la aparición de las armas de fuego portátiles. La influencia de la antigüedad clásica se manifiesta sobre todo en la evidente filiación grecorromana de los órdenes de marcha y combate, en la disposición genuinamente romana de los campamentos, y en la preponderancia de la Infantería sobre la Caballería. Si durante el Medioevo la Caballería había constituido el elemento decisivo en las batallas quedando relegados los combatientes a pie a un papel meramente auxiliar. Durante el siglo XV esta relación de fuerzas comienza a cambiar de signo, convirtiéndose gradualmente la masa infante en la unidad fundamental de combate. El caballero se siente cada vez más impotente ante las formaciones erizadas de picas entre las que se sitúan tropas armadas con arcabuces, y, en un esfuerzo desesperado por no perder la hegemonía conservada en el campo de batalla durante siglos, se reviste de armaduras cada vez más pesadas que si bien le proporcionan cierta protección frente al impacto de los proyectiles, le van restando movilidad hasta el punto de dejarle inerme frente al enemigo cuando cae de su cabalgadura. La tradición militar hispanoárabe se advierte fácilmente en la existencia en la España del Renacimiento de un ambiente belicoso propicio a fomentar la carrera de las armas. De esta forma, aunque Carlos V empleó el sistema de levas para organizar las tropas de Italia y las guarniciones de África, su ejército se nutrió en gran medida de voluntarios. A fin de regular el alistamiento voluntario la Real Hacienda hacía un contrato con un capitán cuya reputación garantizara su capacidad para alistar a un cierto número de soldados, y los inspectores reales determinaban si se habían cumplido las condiciones establecidas en el contrato antes de pagar a aquél. Los que voluntariamente se alistaban, llamados guzmanes, eran con frecuencia hijos de familias nobles que preferían la carrera militar a la cortesana o eclesiástica y deseaban ponerse al servicio de los oficiales de mayor fama._________________¿Zaragoza se rendirá? La muerte al que esto diga. Zaragoza no se rinde. Entre los escombros y entre los muertos habrá siempre una lengua viva para decir que Zaragoza no se rinde.
Organización Como ya se ha indicado, las compañías en que se articulaba la milicia en tiempos de los Reyes Católicos no podían operar independientemente a causa de su escasa potencia y de su reducido número de efectivos, y por esta causa se crearon las Coronelías primero y, más adelante, en la reforma de 1534, los Tercios, con objeto de disponer de núcleos poderosos de combate relativamente autónomos y de características apropiadas para satisfacer las necesidades de las campañas en las que se hallaban comprometidas las tropas imperiales. Cada Tercio con una fuerza de tres mil hombres, se componía de tres Coronelías cada una de las cuales comprendía a su vez solamente cuatro compañías en lugar de las veinte iniciales, con el fin de simplificar su administración y gobierno interior. Cada Coronelía continuó mandada por un Coronel y el mando de las tres lo reasumió un Maestre de Campo, nueva categoría cuya creación data de esta época. De las doce compañías que formaban el Tercio unas eran de piqueros y otras de arcabuceros, destinándose a las primeras los hombres de mayor fortaleza y resistencia, pues yendo revestidos de armadura tenían que manejar una pica de grandes proporciones. Por otro lado, es muy probable que en determinadas circunstancias se organizaran compañías mixtas de piqueros y arcabuceros y que se emplearan ballesteros como elementos auxiliares. La ballesta, en efecto, se continuó utilizando como arma de guerra (así como de caza) durante el siglo XVI. Existen diversas opiniones acerca del origen del vocablo tercio. Según algunos autores se dio este nombre a las tropas españolas de infantería del siglo XVI en recuerdo de la tercia legión romana, que estuvo destacada en la Península Ibérica. Por su parte don Sancho de Londoño, militar distinguido que prestó sus servicios a principios del siglo XVI, se expresa en estos términos en un informe que dirigió al Duque de Alba: "Los Tercios, aunque fueron instituidos a imitación de las tales legiones (romanas), en pocas cosas se pueden comparar a ellas, que el número es la mitad y aunque antiguamente eran tres mil soldados, por lo cual se llamaban Tercios y legiones. Ya se dice así aunque no tengan más de mil hombres. Antiguamente había en cada tercio doce compañías, ya en unos hay más y en otros menos, había tres Coroneles que lo eran tres capitanes de las doce, cosa muy necesaria para excusar las diferencias que nacen cuando se envían de una compañía arriba alguna facción o presidio". Por tanto, según este autor el nombre de tercio deriva del número de plazas que componían esta unidad. El Maestre de Campo era elegido por el rey en Consejo de Estado y gozaba de las consideraciones que hasta entonces se habían reservado casi exclusivamente a los capitanes generales. Era el superior jerárquico de todos los oficiales del tercio, y tenía poder para administrar justicia y reglamentar el comercio de víveres con objeto de evitar fraudes. Disponía para su guardia personal de ocho alabarderos alemanes pagados por el rey que le acompañaban en todos los actos militares Y políticos y poseía las atribuciones de los antiguos mariscales de Castilla. El Sargento Mayor, nombrado por el Capitán general era el segundo jefe del tercio como lo había sido anteriormente de la Coronelía. Estaba encargado de la instrucción táctica del cuerpo, de su seguridad en los desplazamientos y del alojamiento de las tropas que lo componían. En un tercio solamente él podía "pasar la palabra" es decir transmitir verbalmente las órdenes del Maestre de campo o incluso del Capitán general a todos los oficiales del mismo. Del Sargento Mayor dependía el Tambor General quien iba armado con una pequeña lanza de hierro. Tenia por misión suplir la transmisión oral de las órdenes y vigilar la actuación del resto de los tambores del tercio. Además de conocer todos los toques: "arma furiosa", "batalla soberbia", "retirada presurosa" etc. debía ser capaz de interpretar y explicar las respuestas. Había de ser español pero estaba obligado a conocer los toques franceses, alemanes, ingleses, escoceses, walones, gascones, turcos y moriscos (los toques italianos eran los mismos que los españoles). También era conveniente que pudiera actuar como intérprete. Cabe suponer que en medio del estruendo y confusión de la batalla la transmisión de órdenes por este sistema no resultase siempre eficaz. A este respecto don Sancho de Londoño aconsejaba a los Maestres de Campo que con el fin de evitar la posible confusión entre los toques de Tambor General y los de los otros tambores del tercio tuvieran también a su servicio a un trompeta. La misión del Furriel Mayor consistía en auxiliar al Sargento Mayor en la organización de los alojamientos del tercio. Tenia a responsabilidad del almacenamiento y de la redistribución de los bagajes que el tercio precisaba para cumplir sus cometidos y que constituían la Munición Real (víveres, armamento, vestidos, materiales de construcción, municiones, etc.). El municionero era un proveedor de las municiones y de todo el equipo necesario para las tropas. El Capitán y el Teniente Barrichel eran oficiales jurídico-militares (su nombre en italiano significa alguacil) cuya misión principal consistía en velar por el orden y el cumplimiento de la ley en el tercio, especialmente cuando las tropas se hallaban acampadas. Con tal fin tenían poder para castigar las infracciones cometidas contra los bandos publicados, y aunque el Capitán Barrichel podía en estricto derecho hacer ahorcar a un soldado sorprendido en flagrante delito, si tal era la pena que le correspondía, su cometido se limitaba generalmente a supervisar las ejecuciones. Para realizar sus funciones el Capitán Barrichel contaba con la asistencia de cuatro auxiliares a caballo. Ayudaba al Sargento Mayor en la operación de cargamento de los bagajes y, en relación con la organización de los desplazamientos del tercio, tenía la delicada misión de contratar y vigilar a guías e intérpretes cuando las tropas atravesaban territorios desconocidos. El médico y el cirujano eran nombrados por los Capitanes Generales, siendo el primero responsable del hospital de la unidad en realidad un embrión de hospital donde debía contar con una farmacia provista de los medicamentos de empleo más frecuente, que se compraban a los boticarios a los precios tasados por el Maestre de campo. El servicio de sanidad del tercio no se limitaba a la asistencia de soldados heridos o enfermos, sino que de él se beneficiaban también todos aquellos que se desplazaban con las tropas, familias, criados, mujeres. Hay que tener en cuenta que aunque la evaluación numérica de estos acompañantes no resulta fácil, es probable que contando con ellos, el efectivo del tercio fuera doble. Si a escala de tercio la asistencia médica era rudimentaria (¡con frecuencia los heridos se confiaban a los barberos!), la estructura sanitaria contaba para el conjunto de la Infantería, con varios hospitales de campaña (enclavados tanto en el teatro de operaciones como en los itinerarios logísticos) y un hospital general relativamente bien equipado y atendido. Aunque la asistencia médica prestada en estos establecimientos era gratuita, su funcionamiento dependía de aportaciones deducidas del sueldo de cada soldado proporcionalmente a su salario. Tal contribución, especie de cuota de seguro, denominada "real de limosnas" era de diez reales para el Capitán, cinco para el Alférez, tres para el Sargento y uno para la tropa. El grado de Capitán era el de mayor reputación y el más ambicionado. En relación con el prestigio de este grado resulta revelador el hecho de que durante el reinado de Carlos V se dieran casos de Sargentos mayores que preferían el mando de una compañía a su propio destino en el que tenían a sus órdenes como subordinados a los capitanes de compañía, y gozaban de un sueldo superior al de éstos. En relación con el procedimiento para ascender a este grado existía una regla de antigüedad generalmente aceptada que se basaba en la permanencia en un grado durante un cierto período de tiempo antes de acceder al grado superior. Según algunos autores la regla de antigüedad más comúnmente aceptada era la siguiente: Cinco años para ascender de soldado a Cabo, un año de Cabo a Sargento, dos años de Sargento a Alférez, tres años de Alférez a Capitán. En principio pues la elección de un nuevo Capitán se realizaba entre los alféreces de mayor mérito aunque no era infrecuente que, ignorándose los grados intermedios, se ascendiera a Capitán a un soldado a condición de que éste tuviera diez años de antigüedad y reuniera los méritos suficientes. El Capitán había de tener gran experiencia en las tácticas de combate y en el empleo de las distintas armas especialmente de las de fuego, cuya importancia se revelaba cada vez mayor. Tenía la obligación de supervisar el entrenamiento de sus hombres organizando para ello combates simulados en los que se empleara la pica, se disparase el arcabuz, se maniobrara en distintas formaciones, etc. Entre sus cometidos estaba también la elección de oficiales competentes capaces de mantener un alto grado de disciplina y entrenamiento entre los soldados de su compañía. El Alférez era el lugarteniente del Capitán a quien sustituía cuando éste se hallaba enfermo, herido o ausente. Era responsable de la bandera, que debía portar en los combates y en las revistas. Teniendo en cuenta que las dimensiones de las banderas eran considerables y que durante los combates el Alférez tenía que sujetarla con una sola mano para poder manejar la espada con la otra, cabe suponer que sólo eran aptos para ostentar este grado hombres de gran fortaleza física. Aunque el Alférez no era directamente responsable del alojamiento de los soldados de su compañía, tenía la obligación de visitarlos con frecuencia para conocer de cerca sus problemas y ayudarles a resolverlos. Cuando no portaba la bandera, por ejemplo en tales visitas, llevaba como distintivo una alabarda. Otra de las obligaciones del Alférez consistía en escoger buenos músicos para cubrir los puestos de tambores y pífanos, a quienes se encomendaba la importante misión de transmitir órdenes, publicar bandos, etc. Estos instrumentistas debían conocer todos los toques del ejército que indicaban asambleas, marchas, avisos, retretas, desafíos, mensajes, asaltos, etc. además debían ser capaces de interpretar y transmitir las respuestas. El grado de Sargento fue creado a finales del siglo XV a petición de los capitanes, que sentían la necesidad de contar con oficiales que se encargaran específicamente de mantener la disciplina y de velar por la ejecución de las órdenes en sus compañías. El Sargento tenía que conocer en todo momento el número de soldados disponibles para poder formar rápidamente la compañía de acuerdo con las órdenes recibidas. En lo relativo al mantenimiento de la disciplina, podía castigar las faltas al servicio sin que mediase proceso alguno, en caso de flagrante delito. Estaba también encargado del entrenamiento y de la instrucción de sus soldados, enseñándoles el manejo y el cuidado de las armas y asignando a cada uno el puesto que más se ajustase a sus condiciones. Antes de emprender una marcha, el Sargento se reunía con su Alférez y su Capitán para establecer el itinerario, determinar las características de los bagajes, etc. De acuerdo con las decisiones adoptadas en esta reunión tomaba las medidas necesarias para que la tropa estuviese formada y los bagajes cargados antes del momento previsto para la partida. El grado de Cabo es más antiguo que los de Sargento y Alférez. Esencialmente, el Cabo estaba encargado del buen estado de las armas y de la formación de los reclutas. También se ocupaba de los enfermos, transmitiendo al Capitán las solicitudes de hospitalización. Era asimismo responsable del puesto de guardia que se le asignara y debía permanecer en él con todos los soldados de su escuadra hasta que el Sargento le relevase._________________¿Zaragoza se rendirá? La muerte al que esto diga. Zaragoza no se rinde. Entre los escombros y entre los muertos habrá siempre una lengua viva para decir que Zaragoza no se rinde.
Organización Como ya se ha indicado, las compañías en que se articulaba la milicia en tiempos de los Reyes Católicos no podían operar independientemente a causa de su escasa potencia y de su reducido número de efectivos, y por esta causa se crearon las Coronelías primero y, más adelante, en la reforma de 1534, los Tercios, con objeto de disponer de núcleos poderosos de combate relativamente autónomos y de características apropiadas para satisfacer las necesidades de las campañas en las que se hallaban comprometidas las tropas imperiales. Cada Tercio con una fuerza de tres mil hombres, se componía de tres Coronelías cada una de las cuales comprendía a su vez solamente cuatro compañías en lugar de las veinte iniciales, con el fin de simplificar su administración y gobierno interior. Cada Coronelía continuó mandada por un Coronel y el mando de las tres lo reasumió un Maestre de Campo, nueva categoría cuya creación data de esta época. De las doce compañías que formaban el Tercio unas eran de piqueros y otras de arcabuceros, destinándose a las primeras los hombres de mayor fortaleza y resistencia, pues yendo revestidos de armadura tenían que manejar una pica de grandes proporciones. Por otro lado, es muy probable que en determinadas circunstancias se organizaran compañías mixtas de piqueros y arcabuceros y que se emplearan ballesteros como elementos auxiliares. La ballesta, en efecto, se continuó utilizando como arma de guerra (así como de caza) durante el siglo XVI. Existen diversas opiniones acerca del origen del vocablo tercio. Según algunos autores se dio este nombre a las tropas españolas de infantería del siglo XVI en recuerdo de la tercia legión romana, que estuvo destacada en la Península Ibérica. Por su parte don Sancho de Londoño, militar distinguido que prestó sus servicios a principios del siglo XVI, se expresa en estos términos en un informe que dirigió al Duque de Alba: "Los Tercios, aunque fueron instituidos a imitación de las tales legiones (romanas), en pocas cosas se pueden comparar a ellas, que el número es la mitad y aunque antiguamente eran tres mil soldados, por lo cual se llamaban Tercios y legiones. Ya se dice así aunque no tengan más de mil hombres. Antiguamente había en cada tercio doce compañías, ya en unos hay más y en otros menos, había tres Coroneles que lo eran tres capitanes de las doce, cosa muy necesaria para excusar las diferencias que nacen cuando se envían de una compañía arriba alguna facción o presidio". Por tanto, según este autor el nombre de tercio deriva del número de plazas que componían esta unidad. El Maestre de Campo era elegido por el rey en Consejo de Estado y gozaba de las consideraciones que hasta entonces se habían reservado casi exclusivamente a los capitanes generales. Era el superior jerárquico de todos los oficiales del tercio, y tenía poder para administrar justicia y reglamentar el comercio de víveres con objeto de evitar fraudes. Disponía para su guardia personal de ocho alabarderos alemanes pagados por el rey que le acompañaban en todos los actos militares Y políticos y poseía las atribuciones de los antiguos mariscales de Castilla. El Sargento Mayor, nombrado por el Capitán general era el segundo jefe del tercio como lo había sido anteriormente de la Coronelía. Estaba encargado de la instrucción táctica del cuerpo, de su seguridad en los desplazamientos y del alojamiento de las tropas que lo componían. En un tercio solamente él podía "pasar la palabra" es decir transmitir verbalmente las órdenes del Maestre de campo o incluso del Capitán general a todos los oficiales del mismo. Del Sargento Mayor dependía el Tambor General quien iba armado con una pequeña lanza de hierro. Tenia por misión suplir la transmisión oral de las órdenes y vigilar la actuación del resto de los tambores del tercio. Además de conocer todos los toques: "arma furiosa", "batalla soberbia", "retirada presurosa" etc. debía ser capaz de interpretar y explicar las respuestas. Había de ser español pero estaba obligado a conocer los toques franceses, alemanes, ingleses, escoceses, walones, gascones, turcos y moriscos (los toques italianos eran los mismos que los españoles). También era conveniente que pudiera actuar como intérprete. Cabe suponer que en medio del estruendo y confusión de la batalla la transmisión de órdenes por este sistema no resultase siempre eficaz. A este respecto don Sancho de Londoño aconsejaba a los Maestres de Campo que con el fin de evitar la posible confusión entre los toques de Tambor General y los de los otros tambores del tercio tuvieran también a su servicio a un trompeta. La misión del Furriel Mayor consistía en auxiliar al Sargento Mayor en la organización de los alojamientos del tercio. Tenia a responsabilidad del almacenamiento y de la redistribución de los bagajes que el tercio precisaba para cumplir sus cometidos y que constituían la Munición Real (víveres, armamento, vestidos, materiales de construcción, municiones, etc.). El municionero era un proveedor de las municiones y de todo el equipo necesario para las tropas. El Capitán y el Teniente Barrichel eran oficiales jurídico-militares (su nombre en italiano significa alguacil) cuya misión principal consistía en velar por el orden y el cumplimiento de la ley en el tercio, especialmente cuando las tropas se hallaban acampadas. Con tal fin tenían poder para castigar las infracciones cometidas contra los bandos publicados, y aunque el Capitán Barrichel podía en estricto derecho hacer ahorcar a un soldado sorprendido en flagrante delito, si tal era la pena que le correspondía, su cometido se limitaba generalmente a supervisar las ejecuciones. Para realizar sus funciones el Capitán Barrichel contaba con la asistencia de cuatro auxiliares a caballo. Ayudaba al Sargento Mayor en la operación de cargamento de los bagajes y, en relación con la organización de los desplazamientos del tercio, tenía la delicada misión de contratar y vigilar a guías e intérpretes cuando las tropas atravesaban territorios desconocidos. El médico y el cirujano eran nombrados por los Capitanes Generales, siendo el primero responsable del hospital de la unidad en realidad un embrión de hospital donde debía contar con una farmacia provista de los medicamentos de empleo más frecuente, que se compraban a los boticarios a los precios tasados por el Maestre de campo. El servicio de sanidad del tercio no se limitaba a la asistencia de soldados heridos o enfermos, sino que de él se beneficiaban también todos aquellos que se desplazaban con las tropas, familias, criados, mujeres. Hay que tener en cuenta que aunque la evaluación numérica de estos acompañantes no resulta fácil, es probable que contando con ellos, el efectivo del tercio fuera doble. Si a escala de tercio la asistencia médica era rudimentaria (¡con frecuencia los heridos se confiaban a los barberos!), la estructura sanitaria contaba para el conjunto de la Infantería, con varios hospitales de campaña (enclavados tanto en el teatro de operaciones como en los itinerarios logísticos) y un hospital general relativamente bien equipado y atendido. Aunque la asistencia médica prestada en estos establecimientos era gratuita, su funcionamiento dependía de aportaciones deducidas del sueldo de cada soldado proporcionalmente a su salario. Tal contribución, especie de cuota de seguro, denominada "real de limosnas" era de diez reales para el Capitán, cinco para el Alférez, tres para el Sargento y uno para la tropa. El grado de Capitán era el de mayor reputación y el más ambicionado. En relación con el prestigio de este grado resulta revelador el hecho de que durante el reinado de Carlos V se dieran casos de Sargentos mayores que preferían el mando de una compañía a su propio destino en el que tenían a sus órdenes como subordinados a los capitanes de compañía, y gozaban de un sueldo superior al de éstos. En relación con el procedimiento para ascender a este grado existía una regla de antigüedad generalmente aceptada que se basaba en la permanencia en un grado durante un cierto período de tiempo antes de acceder al grado superior. Según algunos autores la regla de antigüedad más comúnmente aceptada era la siguiente: Cinco años para ascender de soldado a Cabo, un año de Cabo a Sargento, dos años de Sargento a Alférez, tres años de Alférez a Capitán. En principio pues la elección de un nuevo Capitán se realizaba entre los alféreces de mayor mérito aunque no era infrecuente que, ignorándose los grados intermedios, se ascendiera a Capitán a un soldado a condición de que éste tuviera diez años de antigüedad y reuniera los méritos suficientes. El Capitán había de tener gran experiencia en las tácticas de combate y en el empleo de las distintas armas especialmente de las de fuego, cuya importancia se revelaba cada vez mayor. Tenía la obligación de supervisar el entrenamiento de sus hombres organizando para ello combates simulados en los que se empleara la pica, se disparase el arcabuz, se maniobrara en distintas formaciones, etc. Entre sus cometidos estaba también la elección de oficiales competentes capaces de mantener un alto grado de disciplina y entrenamiento entre los soldados de su compañía. El Alférez era el lugarteniente del Capitán a quien sustituía cuando éste se hallaba enfermo, herido o ausente. Era responsable de la bandera, que debía portar en los combates y en las revistas. Teniendo en cuenta que las dimensiones de las banderas eran considerables y que durante los combates el Alférez tenía que sujetarla con una sola mano para poder manejar la espada con la otra, cabe suponer que sólo eran aptos para ostentar este grado hombres de gran fortaleza física. Aunque el Alférez no era directamente responsable del alojamiento de los soldados de su compañía, tenía la obligación de visitarlos con frecuencia para conocer de cerca sus problemas y ayudarles a resolverlos. Cuando no portaba la bandera, por ejemplo en tales visitas, llevaba como distintivo una alabarda. Otra de las obligaciones del Alférez consistía en escoger buenos músicos para cubrir los puestos de tambores y pífanos, a quienes se encomendaba la importante misión de transmitir órdenes, publicar bandos, etc. Estos instrumentistas debían conocer todos los toques del ejército que indicaban asambleas, marchas, avisos, retretas, desafíos, mensajes, asaltos, etc. además debían ser capaces de interpretar y transmitir las respuestas. El grado de Sargento fue creado a finales del siglo XV a petición de los capitanes, que sentían la necesidad de contar con oficiales que se encargaran específicamente de mantener la disciplina y de velar por la ejecución de las órdenes en sus compañías. El Sargento tenía que conocer en todo momento el número de soldados disponibles para poder formar rápidamente la compañía de acuerdo con las órdenes recibidas. En lo relativo al mantenimiento de la disciplina, podía castigar las faltas al servicio sin que mediase proceso alguno, en caso de flagrante delito. Estaba también encargado del entrenamiento y de la instrucción de sus soldados, enseñándoles el manejo y el cuidado de las armas y asignando a cada uno el puesto que más se ajustase a sus condiciones. Antes de emprender una marcha, el Sargento se reunía con su Alférez y su Capitán para establecer el itinerario, determinar las características de los bagajes, etc. De acuerdo con las decisiones adoptadas en esta reunión tomaba las medidas necesarias para que la tropa estuviese formada y los bagajes cargados antes del momento previsto para la partida. El grado de Cabo es más antiguo que los de Sargento y Alférez. Esencialmente, el Cabo estaba encargado del buen estado de las armas y de la formación de los reclutas. También se ocupaba de los enfermos, transmitiendo al Capitán las solicitudes de hospitalización. Era asimismo responsable del puesto de guardia que se le asignara y debía permanecer en él con todos los soldados de su escuadra hasta que el Sargento le relevase._________________¿Zaragoza se rendirá? La muerte al que esto diga. Zaragoza no se rinde. Entre los escombros y entre los muertos habrá siempre una lengua viva para decir que Zaragoza no se rinde.
El escritor que rescató el «golfaray» del baúl del tiempo
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«Somos lo que somos porque, para bien o para mal, fuimos lo que fuimos». Arturo Pérez-Reverte ha conseguido que media España se plantee la tertulia por boca del «vuacé», asociando las callejuelas oscuras al rechinar de dos aceros toledanos
GUZMÁN GONZÁLEZ redacción
«Oyéndolos (...) con pesadas zumbas y chacotas, no dándose ninguno que no figurase ser cien veces más de lo que era. Aquella germanía allí hilvanada representaba, al cabo, una España en miniatura; y toda la gravedad y honra y orgullo nacional que Lope, Tirso y los otros ponían en escena en los corrales de comedias, se había ido con el siglo viejo y no existía ya más que en el teatro» (El oro del Rey, Arturo Pérez-Reverte) El escritor cartagenero resucita la jerga empleada por los bravucones de a tanto la estocada del siglo XVII, el habla de «germanía», como solía llamarse. Golfaray , como hoy la llaman. «Esa lengua marginal, paralela a la general y en continua interacción con ella, que ha evolucionado con el tiempo para conservar su utilidad hermética; y que hoy es lo que algunos llamamos golfaray : el argot de los delincuentes y de las cárceles», explicó Arturo, en junio del 2003, en su discurso de recepción en la Real Academia Española. Bajo el título de El habla de un bravo del siglo XVII el padre literario de Alatriste explica el germen que dio vida a la idea de concebir al capitán. El primer impulso reside, como reconoce el escritor, «en el intento por explicar a la generación de mi hija, la España en la que hoy vivimos (...) En ese intento por buscar una memoria ofuscada por la demagogia, la simpleza y la ignorancia, elegí como protagonista a un soldado veterano de Flandes que malvive alquilando su espada». Don Diego Alatriste y Tenorio, veterano de los tercios de Flandes y tratado por sus compañeros de armas y el mismísimo Espínola como capitán sin ser lo. He ahí el por qué de la producción fílmica más cara de la historia del cine español -unos 24 millones-, la razón de que existan cinco novelas sobre el tema -próximamente una sexta-, el motivo de que sus aventuras sean carne de cañón de cómics y juegos de rol. ¿Dónde reside su éxito? Merced a la respuesta del público el que suscribe se atrevería a aventurar la verosimilitud como solución. Pero no una verosimilitud cualquiera, sino descarnada, desprovista de más aderezo que el que las necesidades del guión dispone. Orgullosa y brava, como la España que dibuja. Callejones peligrosos, tabernas con hedor a don de gentes, donde el desplante se cobra a estocada la sílaba merced a los rigores del qué dirán. Prisas por aviar la miseria personal de una nación obesa en su opulencia, pero macilenta en su interior. Herida de muerte. Agonizante. Con overbooking de soldados veteranos con la faltriquera medio vacía (o vacía por completo) que no dudan en malvender su acero para restallar la crisma al menos pintado, por mor, eso sí, del caballero al que tanto afecto prodigan los bípedos, según Quevedo. Esta es la España que Pérez-Reverte entreve tras las cortinas del Siglo de Oro. El caso es que la jerigonza que antaño pululara por los recovecos de los siglos XVI y XVII, se conserva hasta nuestros días por los textos de Lope de Vega, Tirso de Molina, Cervantes, Calderón, López de Úbeda, Moreto y otros, en obras como: Los melindres de Belisa , El galán de la Membrilla , Los locos de Valencia , La discreta enamorada , Los embustes de Celauro , El Molino , Las flores de don Juan , El alcalde Mayor , La dama boba , El bobo del colegio , La viuda valenciana , El dómine Lucas , El premio del bien hablar , El acero de Madrid , Los Tellos de Meneses, Bellaco sois, Gómez , Rinconete y Cortadillo , La ilustre fregona , La pícara Justina , El caballero , El desdén con el desdén y Saber del mal y del bién , entre otras. En todas ellas se guarece la parla de la gente «de la hoja», «de la carda» o de la «hojarasca», como recuerda Pérez-Reverte en su discurso de recepción en la RAE. El lenguaje sobre el que se sustenta la obra del «padre» de Alatriste bebe de la sobriedad de la jerigonza brava, rescatada de la jerga que los grandes literatos de aquel tiempo tuvieron a bien lacrar en sus textos. Los que se leían en las escuelas antes de la Logse y de la ESO. Rara avis La carda de la época tiene fiel reflejo en los cinco libros de la saga. Dentro de la España enjuta, vestida de domingo en su decadencia, sesteaban a la sombra de la conveniencia matarifes y matasietes que jamás pusieron un pie en Italia o Flandes, putas, señores venidos a menos y holgazanes venidos a más, funcionarios medidos por la vara de acero -al rojo- que esgrimía la Inquisición; clientes de tabernas de bolsillo prieto y garganta ligera, ávidos por demostrar a sus iguales su superioridad y linda cuna. También había poetas, como Quevedo, que prestaban «jiferazos» con papel y pluma con tanta frecuencia como con la toledana. Pero también hay veteranos de mirar zaino, que destacaban entre los mentecatos de lengua resuelta y valor cuestionable. Y entre todos ellos, aquel al que sus superiores conceden el privilegio de llamar a su abrigo cuando vienen mal dadas, aquel al que el cierzo hostigó en su niñez hacia los campos de batalla, donde labró a base de tajos y mosquetería fina la fama que hoy le precede. El más zaino de todos. Y es que don Diego Alatriste «conocía mejor que nadie que una hoja de acero iguala al hombre humilde con el más alto monarca» (El oro del Rey. Arturo Pérez-Reverte). Lo que hace diferente a Alatriste del resto de matasietes y bravucones es el listado de normas no escritas que lleva a rajatabla, por que si mal no entiende el que estas líneas escribe, lo único que no se puede arrebatar a una persona son sus principios, y puestos a malvender el pellejo -ya sea en Italia, Flandes, Madrid o Sevilla-, tanto mejor hacerlo con la certeza de saberse firme en lo que a reglas propias se refiere. «No lo sienta usted, señor capitán. Yo no soy hombre de cotufas, y éstos son gajes de la carda», sostiene Bartolo Cagafuegos en el cuarto libro de la saga, haciendo gala de un temple hacia los malos momentos al alcance de pocos. Como la mayoría de los españoles que dejan su sangre por toda europa enrolados en los Tercios. ¿Qué es ser español? Le preguntó el periodista de El Semanal a Viggo Mortensen. «Saber perder», espeto el actor, con un par. Arturo, presente en la conversación, sonrió el matiz. Ese desparpajo ante lo irreparable recuerda los versos de Baudelaire: «Emblèmes nets, tableau parfait / D¿une fortune irremédiable. / Qui donne à penser que le Diable / Fait toujours bien tout ce qu¿il fait!» ( Lo irremediable . Charles Baudelaire) ... Esa certeza de saber que el Diablo hace bien todo lo que hace es lo que convierte a Alatriste en un «acataórdenes», en un soldado que enfrenta la muerte con sangre fría y los arrestos suficientes para bajar la moral del Alcoyano. La novela histórica Heredada del siglo XIX, sustentada en el desarrollo del siglo XX y cimentada en la popularidad que alcanzó en el siglo XXI. Desde Walter Scott a Pérez-Reverte la novela histórica ha discurrido por un sendero ascendente. Waverley (1818), de Scott, abrió la veda en lo que a disensión literaria amparada en la historia y costumbre se refiere. El escocés trenzó una veintena de textos con el hilo de la Edad Media inglesa, de manera que la angustia por la transformación burguesa del mundo se viera salpicada por tintes añejos que sirvieran de evasión romántica. El corresponsal de guerra siempre ha manifestado su predilección por Alexandre Dumas y obras como El Conde de Montecristo o Los tres mosqueteros . Textos que si bien se sustentan en pilares históricos, gustan de edulcorar la trama dopando sutilmente los acontecimientos que de veras ocurrieron. Dumas lo describía del siguiente modo: «es cierto, violo la historia, pero le hago hermosos hijos». El vínculo entre Historia y el padre de Alatriste se posa en las estanterías de libros y viene del mar. «Lo que ocurre es que para mí la literatura siempre vino de la mano de la Historia, porque aprendí a leer con Walter Scott, Stevenson y Defoe» ( La Génesis de la Tabla de Flandes. Las reglas del juego. El Sol. 1990) Robert Louis Stevenson cautivó la imaginación de Arturo Pérez-Reverte con La Isla del Tesoro . No debe pasar desapercibida la analogía entre la figura de Jim Hopkins y la de Íñigo Balboa. Hablando de Íñigo. Hay que prestar especial atención a los paralelismos del comportamiento de este personaje con los pícaros de la época, y su relación con El Lazarillo de Tormes y El Guzmán de Alfarache , máxime cuando la época descrita por Pérez-Reverte es en la que tiene comienzo el género literario de la picaresca. Dentro del panorama actual español de la novela histórica se puede subrayar la aportación de autores como Juan Eslava Galán (amigo de Pérez-Reverte, representado en la piel de un matarife en la saga. Imprescindible su Trilogía Templaria firmada bajo el pseudónimo Nicholas Wilcox por temor a que sus incondicionales vieran en el acercamiento a lo exotérico una violación a los principios de la Historia). Por citar a otros, tomando a disgusto la licencia de obviar al resto, encontramos a: Horacio Vázquez-Rial, José Luís Corral y Antonio Orejudo. Madrid, Flandes y Sevilla Para la ubicación histórica de la saga se han empleado tres escenarios. Madrid, Sevilla y Flandes. Madrid, tal y como se describe en el libro primero, era nido de soldados en paro y refugio de aristócratas. «En aquellos tiempos la capital de las Españas era un lugar donde la vida había que buscársela a salto de mata, en una esquina, entre el brillo de dos aceros». Flandes era el caballo de batalla de los españoles, la continua lucha contra los «herejes». Tal y como escribe Gonzalo Santoja, «por aquel entonces fue cobrando fuerza la sensación de que, de victoria en victoria, se aproximaba el final del proceso: Flandes se iba perdiendo -escribe Pérez-Reverte-, y nunca se acababa de perder, hasta que al cabo se perdió». Sevilla es el escenario del cuarto libro de la saga. «Era entonces Sevilla, cómo es lógico por su papel en las Indias, el centro principal de la actividad económica española, la oficial y la marginal», escribe Rafael de Cózar. Los escenarios son el rastro de nuestra historia. Así lo atestigua el autor.
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«Somos lo que somos porque, para bien o para mal, fuimos lo que fuimos». Arturo Pérez-Reverte ha conseguido que media España se plantee la tertulia por boca del «vuacé», asociando las callejuelas oscuras al rechinar de dos aceros toledanos
GUZMÁN GONZÁLEZ redacción
«Oyéndolos (...) con pesadas zumbas y chacotas, no dándose ninguno que no figurase ser cien veces más de lo que era. Aquella germanía allí hilvanada representaba, al cabo, una España en miniatura; y toda la gravedad y honra y orgullo nacional que Lope, Tirso y los otros ponían en escena en los corrales de comedias, se había ido con el siglo viejo y no existía ya más que en el teatro» (El oro del Rey, Arturo Pérez-Reverte) El escritor cartagenero resucita la jerga empleada por los bravucones de a tanto la estocada del siglo XVII, el habla de «germanía», como solía llamarse. Golfaray , como hoy la llaman. «Esa lengua marginal, paralela a la general y en continua interacción con ella, que ha evolucionado con el tiempo para conservar su utilidad hermética; y que hoy es lo que algunos llamamos golfaray : el argot de los delincuentes y de las cárceles», explicó Arturo, en junio del 2003, en su discurso de recepción en la Real Academia Española. Bajo el título de El habla de un bravo del siglo XVII el padre literario de Alatriste explica el germen que dio vida a la idea de concebir al capitán. El primer impulso reside, como reconoce el escritor, «en el intento por explicar a la generación de mi hija, la España en la que hoy vivimos (...) En ese intento por buscar una memoria ofuscada por la demagogia, la simpleza y la ignorancia, elegí como protagonista a un soldado veterano de Flandes que malvive alquilando su espada». Don Diego Alatriste y Tenorio, veterano de los tercios de Flandes y tratado por sus compañeros de armas y el mismísimo Espínola como capitán sin ser lo. He ahí el por qué de la producción fílmica más cara de la historia del cine español -unos 24 millones-, la razón de que existan cinco novelas sobre el tema -próximamente una sexta-, el motivo de que sus aventuras sean carne de cañón de cómics y juegos de rol. ¿Dónde reside su éxito? Merced a la respuesta del público el que suscribe se atrevería a aventurar la verosimilitud como solución. Pero no una verosimilitud cualquiera, sino descarnada, desprovista de más aderezo que el que las necesidades del guión dispone. Orgullosa y brava, como la España que dibuja. Callejones peligrosos, tabernas con hedor a don de gentes, donde el desplante se cobra a estocada la sílaba merced a los rigores del qué dirán. Prisas por aviar la miseria personal de una nación obesa en su opulencia, pero macilenta en su interior. Herida de muerte. Agonizante. Con overbooking de soldados veteranos con la faltriquera medio vacía (o vacía por completo) que no dudan en malvender su acero para restallar la crisma al menos pintado, por mor, eso sí, del caballero al que tanto afecto prodigan los bípedos, según Quevedo. Esta es la España que Pérez-Reverte entreve tras las cortinas del Siglo de Oro. El caso es que la jerigonza que antaño pululara por los recovecos de los siglos XVI y XVII, se conserva hasta nuestros días por los textos de Lope de Vega, Tirso de Molina, Cervantes, Calderón, López de Úbeda, Moreto y otros, en obras como: Los melindres de Belisa , El galán de la Membrilla , Los locos de Valencia , La discreta enamorada , Los embustes de Celauro , El Molino , Las flores de don Juan , El alcalde Mayor , La dama boba , El bobo del colegio , La viuda valenciana , El dómine Lucas , El premio del bien hablar , El acero de Madrid , Los Tellos de Meneses, Bellaco sois, Gómez , Rinconete y Cortadillo , La ilustre fregona , La pícara Justina , El caballero , El desdén con el desdén y Saber del mal y del bién , entre otras. En todas ellas se guarece la parla de la gente «de la hoja», «de la carda» o de la «hojarasca», como recuerda Pérez-Reverte en su discurso de recepción en la RAE. El lenguaje sobre el que se sustenta la obra del «padre» de Alatriste bebe de la sobriedad de la jerigonza brava, rescatada de la jerga que los grandes literatos de aquel tiempo tuvieron a bien lacrar en sus textos. Los que se leían en las escuelas antes de la Logse y de la ESO. Rara avis La carda de la época tiene fiel reflejo en los cinco libros de la saga. Dentro de la España enjuta, vestida de domingo en su decadencia, sesteaban a la sombra de la conveniencia matarifes y matasietes que jamás pusieron un pie en Italia o Flandes, putas, señores venidos a menos y holgazanes venidos a más, funcionarios medidos por la vara de acero -al rojo- que esgrimía la Inquisición; clientes de tabernas de bolsillo prieto y garganta ligera, ávidos por demostrar a sus iguales su superioridad y linda cuna. También había poetas, como Quevedo, que prestaban «jiferazos» con papel y pluma con tanta frecuencia como con la toledana. Pero también hay veteranos de mirar zaino, que destacaban entre los mentecatos de lengua resuelta y valor cuestionable. Y entre todos ellos, aquel al que sus superiores conceden el privilegio de llamar a su abrigo cuando vienen mal dadas, aquel al que el cierzo hostigó en su niñez hacia los campos de batalla, donde labró a base de tajos y mosquetería fina la fama que hoy le precede. El más zaino de todos. Y es que don Diego Alatriste «conocía mejor que nadie que una hoja de acero iguala al hombre humilde con el más alto monarca» (El oro del Rey. Arturo Pérez-Reverte). Lo que hace diferente a Alatriste del resto de matasietes y bravucones es el listado de normas no escritas que lleva a rajatabla, por que si mal no entiende el que estas líneas escribe, lo único que no se puede arrebatar a una persona son sus principios, y puestos a malvender el pellejo -ya sea en Italia, Flandes, Madrid o Sevilla-, tanto mejor hacerlo con la certeza de saberse firme en lo que a reglas propias se refiere. «No lo sienta usted, señor capitán. Yo no soy hombre de cotufas, y éstos son gajes de la carda», sostiene Bartolo Cagafuegos en el cuarto libro de la saga, haciendo gala de un temple hacia los malos momentos al alcance de pocos. Como la mayoría de los españoles que dejan su sangre por toda europa enrolados en los Tercios. ¿Qué es ser español? Le preguntó el periodista de El Semanal a Viggo Mortensen. «Saber perder», espeto el actor, con un par. Arturo, presente en la conversación, sonrió el matiz. Ese desparpajo ante lo irreparable recuerda los versos de Baudelaire: «Emblèmes nets, tableau parfait / D¿une fortune irremédiable. / Qui donne à penser que le Diable / Fait toujours bien tout ce qu¿il fait!» ( Lo irremediable . Charles Baudelaire) ... Esa certeza de saber que el Diablo hace bien todo lo que hace es lo que convierte a Alatriste en un «acataórdenes», en un soldado que enfrenta la muerte con sangre fría y los arrestos suficientes para bajar la moral del Alcoyano. La novela histórica Heredada del siglo XIX, sustentada en el desarrollo del siglo XX y cimentada en la popularidad que alcanzó en el siglo XXI. Desde Walter Scott a Pérez-Reverte la novela histórica ha discurrido por un sendero ascendente. Waverley (1818), de Scott, abrió la veda en lo que a disensión literaria amparada en la historia y costumbre se refiere. El escocés trenzó una veintena de textos con el hilo de la Edad Media inglesa, de manera que la angustia por la transformación burguesa del mundo se viera salpicada por tintes añejos que sirvieran de evasión romántica. El corresponsal de guerra siempre ha manifestado su predilección por Alexandre Dumas y obras como El Conde de Montecristo o Los tres mosqueteros . Textos que si bien se sustentan en pilares históricos, gustan de edulcorar la trama dopando sutilmente los acontecimientos que de veras ocurrieron. Dumas lo describía del siguiente modo: «es cierto, violo la historia, pero le hago hermosos hijos». El vínculo entre Historia y el padre de Alatriste se posa en las estanterías de libros y viene del mar. «Lo que ocurre es que para mí la literatura siempre vino de la mano de la Historia, porque aprendí a leer con Walter Scott, Stevenson y Defoe» ( La Génesis de la Tabla de Flandes. Las reglas del juego. El Sol. 1990) Robert Louis Stevenson cautivó la imaginación de Arturo Pérez-Reverte con La Isla del Tesoro . No debe pasar desapercibida la analogía entre la figura de Jim Hopkins y la de Íñigo Balboa. Hablando de Íñigo. Hay que prestar especial atención a los paralelismos del comportamiento de este personaje con los pícaros de la época, y su relación con El Lazarillo de Tormes y El Guzmán de Alfarache , máxime cuando la época descrita por Pérez-Reverte es en la que tiene comienzo el género literario de la picaresca. Dentro del panorama actual español de la novela histórica se puede subrayar la aportación de autores como Juan Eslava Galán (amigo de Pérez-Reverte, representado en la piel de un matarife en la saga. Imprescindible su Trilogía Templaria firmada bajo el pseudónimo Nicholas Wilcox por temor a que sus incondicionales vieran en el acercamiento a lo exotérico una violación a los principios de la Historia). Por citar a otros, tomando a disgusto la licencia de obviar al resto, encontramos a: Horacio Vázquez-Rial, José Luís Corral y Antonio Orejudo. Madrid, Flandes y Sevilla Para la ubicación histórica de la saga se han empleado tres escenarios. Madrid, Sevilla y Flandes. Madrid, tal y como se describe en el libro primero, era nido de soldados en paro y refugio de aristócratas. «En aquellos tiempos la capital de las Españas era un lugar donde la vida había que buscársela a salto de mata, en una esquina, entre el brillo de dos aceros». Flandes era el caballo de batalla de los españoles, la continua lucha contra los «herejes». Tal y como escribe Gonzalo Santoja, «por aquel entonces fue cobrando fuerza la sensación de que, de victoria en victoria, se aproximaba el final del proceso: Flandes se iba perdiendo -escribe Pérez-Reverte-, y nunca se acababa de perder, hasta que al cabo se perdió». Sevilla es el escenario del cuarto libro de la saga. «Era entonces Sevilla, cómo es lógico por su papel en las Indias, el centro principal de la actividad económica española, la oficial y la marginal», escribe Rafael de Cózar. Los escenarios son el rastro de nuestra historia. Así lo atestigua el autor.
La muerte del Capitán de los Tercios de Flandes
Descripción: Hubo en Casarabonela un Capitán de los Tercios Españoles llamado Francisco Ruiz de Villoslada que murió en la toma de Ostende (Países Bajos) en el año 1604, estando a las órdenes del Marqués de Spínola. Sobre él se ha creado una leyenda muy curiosa: Cuando partió al frente su mujer daba un paseo todos los días con su ama por un paraje conocido como "La Raja de la Vieja". Se trata de un enorme peñasco en cuyas grietas aún hoy existen corrales de cabras. En la parte superior había un nido de águilas. En uno de esos paseos la mujer observó que al ave se le caía algo de entre las garras. Resultó ser un dedo humano con un anillo, el de su marido. Al día siguiente de este suceso le comunicaron la muerte del Capitán en Flandes.
Descripción: Hubo en Casarabonela un Capitán de los Tercios Españoles llamado Francisco Ruiz de Villoslada que murió en la toma de Ostende (Países Bajos) en el año 1604, estando a las órdenes del Marqués de Spínola. Sobre él se ha creado una leyenda muy curiosa: Cuando partió al frente su mujer daba un paseo todos los días con su ama por un paraje conocido como "La Raja de la Vieja". Se trata de un enorme peñasco en cuyas grietas aún hoy existen corrales de cabras. En la parte superior había un nido de águilas. En uno de esos paseos la mujer observó que al ave se le caía algo de entre las garras. Resultó ser un dedo humano con un anillo, el de su marido. Al día siguiente de este suceso le comunicaron la muerte del Capitán en Flandes.
CAPITÁN DE INFª IRLANDESA (1605); MAESTRE DE CAMPO DE INFª IRLANDESA (1634), GOBERNADOR DE GENEPP (1641). DEJÓ DE SERVIR EN 1642.Fue el segundo hijo de Christopher Preston (†1599), IV Vizconde Gormanston, y de su segunda esposa Catherine, hija de Sir William Fitzwilliam, de Meryon, condado de Dublin. Los primeros años de su vida transcurrieron en los Países Bajos españo-les, lugar donde recibió su educación. En la Corte de Bruselas prestó servicios a los Archiduques Alberto e Isabel Clara Eugenia. El hecho de abandonar Irlanda no fue exclusivo de Tomas Preston y su familia, puesto que muchos nobles irlandeses de las estirpes O'Neill, O'Donnell, Gormanston, O'Brien, etc. se vieron obligados, por sus discrepancias con los ingleses, a buscar refugio en los dominios del rey de España.AL SERVICIO DE ESPAÑA, 1605-1642.En el año 1605 se encuentran documentados los primeros servicios de Thomas Preston a las armas españolas; puesto que es precisamente el 14 de diciembre de ese año cuando el Rey Felipe III le nombra capitán del Tercio de Irlandeses. Este Tercio había sido creado dos meses atrás y estaba al mando del coronel Enrique O' Neill, IV Conde de Tyrone. El Tercio Irlandés entró inmediatamente en acción, luchando con-tra los rebeldes holandeses. Así, es conocido que en agosto y octubre de 1606 inter- vino en la conquista de las fortalezas de Groll y Rheinberg. Las luchas contra los ho-landeses prosiguieron hasta el año 1609, momento en el cual Ambrosio Spinola, en nombre del Rey de España, y Mauricio de Nassau, por los insurrectos, firmaron una tregua que habría de durar doce años.No permaneció inactivo Thomas Preston durante aquella época pues el Tercio de Ir-landeses siguió combatiendo, a partir de 1614, en la guerra que se declaró entre el Duque católico de Neoburgo y el Marqués de Brandemburgo. En el curso de aquella campaña, los irlandeses actuaron bajo las órdenes de Ambrosio Spinola y en apoyo del Duque de Neoburgo, conquistando las ciudades de Aquisgrán, Wessel y otras 62 villas alemanas. Estas victorias forzaron al enemigo a pedir la paz.Han quedado referencias escritas que hablan de Thomas Preston como un militar inteligente y decidido. Fue el jefe natural de los soldados irlandeses católicos proce- dentes de la región del Pale (zona de Dublín) que combatían en el Ejército Español, mientras que por el contrario el Maestre de Campo Eugenio O' Neill (Owen Roe) era la cabeza de los militares provenientes del Ulster. Por este motivo existió cierta riva- lidad entre ambos personajes que se acrecentaría muchos años después durante la rebelión nacional irlandesa. Otra diferencia, y motivo de discordia, entre O' Neill y Thomas Preston, era que mientras el primero reclutaba sus soldados “a escondidas” en el Norte de Irlanda, Preston lo hacía de forma legal y con el consentimiento del gobierno inglés. Por este motivo, algunos de los soldados reclutados por Preston se pasaban al Tercio de Eugenio O' Neill poco después de desembarcar en las posesio-nes españolas. Thomas Preston acudió a Irlanda en los años 1615 y 1634, logrando reclutar 2.400 hombres para los “Tercios de Flandes”.Al iniciarse la segunda decena del siglo XVII estalló la terrible Guerra de los Treinta Años y nuevamente los irlandeses hubieron de combatir en el territorio alemán. El 9 de agosto de 1620, Ambrosio de Spínola partió al mando de 25.000 hombres, entre los que se encontraban los irlandeses de los Tercios de Tyrone y Argyll, hacia el Pa- latinado Inferior. En poco tiempo los españoles se apoderaron de 30 ciudades entre las que destacaron las plazas de Creutzenach y Oppenheim. Poco después de finali-zar esta victoriosa campaña falleció el Rey Felipe III de España. Su hijo, Felipe IV, no renovó la tregua con los insurrectos holandeses por lo que el Ejército Español hubo de guerrear en los campos de batalla de los Países Bajos.Las primeras victorias españolas contra los holandeses fueron la conquista de Juliers y la batalla de Fleurus. En el año 1625 los tercios irlandeses tomaron parte en el fa- moso asedio de la importante plaza fuerte de Breda. Tras nueve meses de bloqueo, el día 9 de junio de 1625, Justino de Nassau rindió la ciudad a Ambrosio de Spínola. Como es bien conocido, Diego Velázquez, pintor de cámara de Felipe IV, inmortalizó este hecho histórico en su cuadro “Las Lanzas”. Es posible suponer que, entre los re- tratos de militares españoles que rodean a Ambrosio de Spínola en el famoso lienzo, se encuentren algunos de aquellos capitanes irlandeses.A partir del año 1634, los Estados de Flandes pasan a ser gobernados por el Cardenal Infante Don Fernando de Austria, hermano del Rey Felipe IV. Aquel mismo, expidió una patente de Maestre de Campo a Thomas Preston, que reclutó en Irlanda un tercio de su nación que madaría durante 8 años. Bajo el mando del Cardenal Infante los Tercios de Flandes siguieron obteniendo resonantes victorias en el curso de la Guerra de los Treinta Años. Especialmente importantes fueron los éxitos logrados contra los ejércitos coaligados de Francia y Holanda en las campañas de 1635 y 1636. Los irlandeses se hallaron presentes en la rendición de La Capelle, la comarca de Vervins, el castillo de Bouchain, la plaza de Châtelet, el burgo de Brey y la villa de Corbie. Incluso hasta la capital de Francia llegaron las correrías de los jinetes españo-les en aquellos momentos. Existen referencias escritas expresas que confirman que el Tercio de Irlandeses de Preston luchó en estas campañas. Así, cuando los france- ses y los holandeses sitiaron Lovaina, un convoy de 500 caballos cargados de pólvora pudo entrar en la plaza al mando del Barón de Wezemaal y de Thomas Preston. Una vez dentro de la ciudad sitiada, Preston se distinguió en su defensa entre los días 24 de junio y 4 de julio de 1635.En la primavera de 1641 fue nombrado Gobernador de la plaza de Genepp. Tras una magnífica defensa contra las mejores tropas del ejército holandés, Preston capituló honrosamente ante Federico Enrique de Orange el día 27 de julio. Poco tiempo des- pués, llegaron noticias a Flandes que daban cuenta de un importante alzamiento en Irlanda contra las tropas colonizadoras inglesas de Carlos I. Lord Gormanston, que era sobrino de Thomas Preston, rogó a éste que volviera a su tierra. Nada más cono-cer estos hechos, Thomas Preston renunció a su puesto en el Ejército Español y deci-dió partir hacia Irlanda dispuesto a expulsar a los ingleses de su patria. Preston acu-dió a París en julio de 1642, obteniendo una importante suma de dinero del Cardenal Richelieu como ayuda a la causa irlandesa. Poco después se hizo a la mar en Dunker-que, con 3 naves cargadas de cañones, provisiones y oficiales expertos.EN IRLANDA, 1642-1651Thomas Preston desembarcó a finales de julio o primeros de agosto en Westford, a donde después arribaron 12 buques repletos de pertrechos de guerra que procedían de Nantes, St. Malo y la Rochelle. Seguidamente, se encaminó hacia Kilkenny, ciu-dad donde había quedado establecido el Gobierno de la Confederación Irlandesa. El recibimiento dispensado a Thomas Preston fue regio; se organizaron fiestas, ilumi- naciones, banquetes, recepciones y bailes para agasajar al caudillo irlandés. El Con- sejo Supremo depositó su confianza en Preston, que entonces tenía 57 años de edad, confiriéndole el nombramiento de Lord General del Ejército de Leinster.Sus primeras acciones guerreras fueron victoriosas; el 5 de octubre de 1642 derrotó al General inglés Monck en la batalla de Timahoe y en enero de 1643 tomó el castillo de Birr. Estos éxitos se frustraron cuando su ejército, compuesto por 6.000 infantes y 600 caballos, fue destrozado el día 18 de marzo de 1643 en las afueras de New Ross por los soldados ingleses del Conde de Ormonde. Repuesto de este fracaso, Preston volvió a vencer en Ballinakill y atacó a la guarnición de Castlejordan. El día 15 de sep-tiembre de 1643 se firmó una tregua de duración anual entre irlandeses e ingleses que posteriormente se fue prorrogando durante breves periodos de tiempo. Como consecuencia de su derrota en New Ross, Preston fue sustituido en el caudillaje de los sublevados por Eugenio O' Neill (Owen Roe), antiguo compañero en los Tercios de Flandes. En el año 1646, después de la llegada a Irlanda del Nuncio Rinuccini, Thomas Preston fue enviado con 3.000 mil hombres y 500 caballos a atacar las forti-ficaciones inglesas de Connaught. En aquella campaña Preston obtuvo la victoria de Roskommon y algunos otros éxitos.Por esta época, la opinión de los confederados irlandeses estaba dividida; el motivo era la guerra civil inglesa entre el Parlamento y el Rey Carlos Estuardo. Esta guerra se había extendido a Irlanda donde luchaban los partidarios del Parlamento contra los realistas, y los irlandeses contra todos ellos. Algunos irlandeses pensaban que se debía prestar apoyo al Rey Carlos, por su condición de católico, mientras que otros sostenían que había que luchar contra todos los ingleses independientemente de cual fuera su confesión religiosa. Parece ser que Thomas Preston, católico y realista convencido, era partidario de apoyar al Rey Carlos I, por lo que emprendió negocia- ciones con Ormonde. Tal circunstancia fue denunciada a Eugenio O' Neill como constitutiva de traición (octubre de 1646), pero no tuvo consecuencias graves.El 8 de agosto de 1647 el Ejército de Thomas Preston, compuesto por 7.000 hom- bres y mil caballos, fue derrotado por Jones, Gobernador de Dublín por el Parlamen-to inglés, en el Monte Dangan. Algunos meses más tarde, Thomas Preston se alineó claramente en el partido del Rey Carlos I, poniéndose a las órdenes del Conde de Or- monde. Por tal motivo fue excomulgado por el Nuncio Rinuccini, decisión que fue declarada nula por algunos otros obispos irlandeses católicos. Ormonde le nombró Gobernador de Waterford, plaza que defendió contra los partidarios del Parlamento inglés mandados por Ireton. Cuando la defensa se volvió imposible, Prestón capituló obteniendo ventajosos términos de rendición.Thomas Preston obtuvo el título de Vizconde de Tara mediante una patente fechada en Ennis el 2 de julio de 1650. Después de abandonar Waterford, defendió la zona del King's Country frente a los ejércitos del Parlamento, retirándose después más allá del río Shanon. En mayo de 1651, erigió la última fortaleza de la Confederación Irlandesa en la Isla de Innisbofin, en Connemara, siendo nombrado Gobernador de Galway. Finalmente, las victoriosas tropas del Parlamento inglés se dirigieron hacia Galway en octubre de 1651 y Thomas Preston hubo de huir de aquella ciudad y de Ir- landa, embarcándose hacia el continente europeo.EXILIO, PROGENIE Y VESTIGIOS ICONOGRÁFICOS.Thomas Preston fue exceptuado del perdón en el Acta Cromwelliana de Establecimi-ento de 12 de agosto de 1652, por lo que hubo de pasar el resto de su vida, exiliado de su patria, en los Países Bajos Españoles y París. En el año 1653 ofreció sus servicios a Carlos II, pretendiente al Trono de Inglaterra, que entonces fijada su residencia en esa ciudad. Thomas Preston falleció en la capital de Francia en octubre de 1655.Había contraído matrimonio con una hija de Carlos Van der Eycken, Señor flamenco de Saint George. Fruto de este matrimonio nació Anthony, que tomó parte activa en la guerra de Irlanda junto a su padre y le sucedió en el título de Lord Tara. Anthony falleció en Brujas el día 24 de abril de 1659. El último Lord Tara fue su nieto Thomas Preston, que habiendo nacido en París fue asesinado el 6 de julio de 1674 por los her-manos Francis, William y Winwod Blundell.Existe un retrato suyo en el Castillo Gormanston, Condado de Meath, y un grabado con su efigie en el Trinity College de Dublín. Otro grabado fue publicado en el fron- tispicio del volúmen IV de la Historia de la Confederación y Guerra de Irlanda. © ENRIQUE OSORIO
El Castillo de Gormanstown, donde vino al mundo Thomas Preston, aun se mantiene en pie, aunque sufrió una seria remodelación en el siglo XVIII. En él murió, en 1933, la famosa pintora de temas miliatres Lady Butler, madre de la entonces vizcondesa. En 1947 el castillo fue vendido a una comunidad de religiosos franciscanos y hoy es utilizado como colegio.
El Castillo de Gormanstown, donde vino al mundo Thomas Preston, aun se mantiene en pie, aunque sufrió una seria remodelación en el siglo XVIII. En él murió, en 1933, la famosa pintora de temas miliatres Lady Butler, madre de la entonces vizcondesa. En 1947 el castillo fue vendido a una comunidad de religiosos franciscanos y hoy es utilizado como colegio.
Los tercios de Flandes
El dominio que España ejerció sobre toda Europa en los siglos XVI y XVII se fundamentó en una legendaria unidad de combate: los tercios. Durante ochenta años se batieron en la guerra de Flandes.Por MARGARITE DUCHAPS-->
Los tercios, la legendaria unidad de combate de la Monarquía Española durante los siglos XVI y XVII, fueron reconocidos como la mejor infantería del mundo. Todos se rindieron a sus pies: no sólo los comentaristas de la época, sino también las tropas enemigas y todos los historiadores posteriores. Sus eficaces tácticas fueron imitadas incluso por los famosos «grupos de combate» alemanes de la Segunda Guerra Mundial. Impusieron su fuerza en múltiples conflictos, desde Nápoles y Milán hasta la frontera de Francia o Flandes. De hecho fue en los Países Bajos donde protagonizaron las más célebres gestas, de ahí que en muchas ocasiones se les suela denominar, por extensión, «los tercios de Flandes». Pero en 1643, después de empaparse tantas veces de gloria, la caballería francesa aplastó a los tercios en la batalla de Rocroi. ¿Cómo pudo ser posible? Hay que remontarse a los orígenes de los tercios, allá en 1534, cuando fueron creados por Carlos I. Entonces representaron la máxima expresión del talante innovador del ejército de los Austrias, una fuerza de choque de amplia autonomía, gran capacidad de maniobra y elevada potencia de fuego, basada en la acertada combinación entre armas blancas y de fuego. Un tercio contaba con tres armas fundamentales, con sus respectivos soldados que las servían: piqueros, arcabuceros y mosqueteros. Soldados de varias nacionalidades formaban los tercios de flandes, sin embargo los españoles eran los más apreciados por su capacidad de combate. La llamada «revolución militar» que tuvo lugar a comienzos de la Edad Moderna, es decir el paso de la caballería feudal a la infantería, no supuso un problema de adaptación para los españoles: desde hacía siglos se había ido forjando una cultura de la guerra que enaltecía el valor militar por encima de otras cualidades, y la estructura social estaba condicionada por esos valores. Todos los españoles, independientemente de la clase social a la que pertenecían, podían demostrar su valía personal y ascender peldaños en el ejército. Sin embargo, la vida militar también arrastraba sus pesares: los continuos roces con la población civil que tenían que soportar el paso de los soldados, el saqueo y el robo, y en un grupo tan numeroso, la facilidad de ser blanco de las epidemias. Los tercios protagonizaron auténticas gestas allí por donde pasaron, pero llegó un momento en que la máquina de guerra perdió fuerza, eran demasiados frentes abiertos para cualquier Estado de la época. Así pereció el glorioso ejército de los tercios; no siempre se podía triunfar contra todos.
El dominio que España ejerció sobre toda Europa en los siglos XVI y XVII se fundamentó en una legendaria unidad de combate: los tercios. Durante ochenta años se batieron en la guerra de Flandes.Por MARGARITE DUCHAPS-->
Los tercios, la legendaria unidad de combate de la Monarquía Española durante los siglos XVI y XVII, fueron reconocidos como la mejor infantería del mundo. Todos se rindieron a sus pies: no sólo los comentaristas de la época, sino también las tropas enemigas y todos los historiadores posteriores. Sus eficaces tácticas fueron imitadas incluso por los famosos «grupos de combate» alemanes de la Segunda Guerra Mundial. Impusieron su fuerza en múltiples conflictos, desde Nápoles y Milán hasta la frontera de Francia o Flandes. De hecho fue en los Países Bajos donde protagonizaron las más célebres gestas, de ahí que en muchas ocasiones se les suela denominar, por extensión, «los tercios de Flandes». Pero en 1643, después de empaparse tantas veces de gloria, la caballería francesa aplastó a los tercios en la batalla de Rocroi. ¿Cómo pudo ser posible? Hay que remontarse a los orígenes de los tercios, allá en 1534, cuando fueron creados por Carlos I. Entonces representaron la máxima expresión del talante innovador del ejército de los Austrias, una fuerza de choque de amplia autonomía, gran capacidad de maniobra y elevada potencia de fuego, basada en la acertada combinación entre armas blancas y de fuego. Un tercio contaba con tres armas fundamentales, con sus respectivos soldados que las servían: piqueros, arcabuceros y mosqueteros. Soldados de varias nacionalidades formaban los tercios de flandes, sin embargo los españoles eran los más apreciados por su capacidad de combate. La llamada «revolución militar» que tuvo lugar a comienzos de la Edad Moderna, es decir el paso de la caballería feudal a la infantería, no supuso un problema de adaptación para los españoles: desde hacía siglos se había ido forjando una cultura de la guerra que enaltecía el valor militar por encima de otras cualidades, y la estructura social estaba condicionada por esos valores. Todos los españoles, independientemente de la clase social a la que pertenecían, podían demostrar su valía personal y ascender peldaños en el ejército. Sin embargo, la vida militar también arrastraba sus pesares: los continuos roces con la población civil que tenían que soportar el paso de los soldados, el saqueo y el robo, y en un grupo tan numeroso, la facilidad de ser blanco de las epidemias. Los tercios protagonizaron auténticas gestas allí por donde pasaron, pero llegó un momento en que la máquina de guerra perdió fuerza, eran demasiados frentes abiertos para cualquier Estado de la época. Así pereció el glorioso ejército de los tercios; no siempre se podía triunfar contra todos.
La pertenencia de Flandes y los Países Bajos a la Corona de España desde 1506 plantea de inmediato un problema de infraestructura militar muy importante. En primer lugar hay que mantener unas guarniciones fijas en las principales ciudades y puntos estratégicos del territorio, castillos y fortalezas que si en unos casos puede hacerse con tropas naturales del país, en otros, por el temor de que la alta nobleza flamenca intentase una sublevación, como en efecto ocurrió más tarde, exige disponer de tropas castellanas y aragonesas como personal de confianza.
Consecuencia de esta necesidad es la creación del tercio de Flandes, con unos efectivos de 6.200 hombres, que va a guarnecer los puntos más conflictivos. Pero en cualquier caso, se trata de un solo tercio. Sin embargo, el levantamiento de los Estados de Holanda, bajo el mando de Luis de Nassau, obliga a España a transportar a Flandes unos efectivos militares, constituidos principalmente por los tercios de Italia, llamados la AInfantería Española@. Estos tercios, y otros que se organizarán a medida que la guerra avanza, serán los principales protagonistas de aquellas acciones militares, gloriosas unas, trágicas las otras, ambas cosas la mayoría.
Para comprender el despliegue estratégico de las fuerzas españolas en aquella guerra que duró desde 1557 a 1568, y en que se dieron las grandes batallas y se alcanzaron éxitos como la toma de Harlem, la de Gemiguen, la de Breda, la de Zierickzee, la de Mock, que acreditaron al ejército español como el más intrépido pero a la vez el más organizado del mundo, detallaremos a continuación los territorios, teatro de operaciones.
Flandes y el Brabante (hoy Bélgica). Comprende nueve provincias, que son: Amberes, capital Amberes. Brabante, capital Bruselas. Flandes Oriental, capital Gante, Flandes Occidental, capital Brujas. Henao, capital Mons. Lieja, capital Lieja, Limburgo, capital Hasselt, Luxemburgo, capital Arlon. Namur, capital Namur.
Dentro de estas nueve provincias hay que señalar que los dos Flandes están a su vez divididos en distritos, a saber: Flandes Oriental, con seis distritos: Gante, Ecloo, Ourdenarde, Alost, Termonde, San Nicolás. Flandes Occidental, dividida en los siguientes distritos: Brujas, Dixmude, Furnes, Ostende, Boulers, Thieit, Ipres, Dunkerque, Valenciennes, Maubeuge, Cambrai. Walonia, territorio comprendido entre el río Lys y el río Escalda, dividido en los siguientes distritos: Courtrai, Roubair, Lille, Douai, Tourcoing. El territorio de los Países Bajos propiamente dicho, comprendía once distritos o Estados, a saber: Brabante, capital Hertogenbosch. Drenthe, capital Assen. Frisia, capital Leeuwarden. Groninga, capital Groninga. Gueldres, capital Arnhem, Holanda Meridional, capital La Haya, Holanda Septentrional, capital Haarlen. Limburgo, capital Maestricht. Overysel, capital Zwolle, Utrech, capital Utrech. Zelanda, capital Middelburgo.
Las guarniciones españolas en tiempo de paz, se limitaban a un Tercio, compuesto íntegramente por soldados españoles, y cinco banderas o compañías de soldados walones, éstas situadas en los cinco distritos de la región de Walonia. El tercio de Flandes, de tropas españolas, repartía sus efectivos entre Amberes, Bruselas, Gante, Brujas, Maestricht y Utrech, con un efectivo aproximado de 250 hombres en cada una de estas plazas El resto de la guarnición del territorio, desde Lille y Valenciennes, hasta la frontera alemana, estaba encomendado a milicias locales, que reciben nombres diversos, como guardias o cofradías, integradas por algunos elementos de la nobleza como mandos militares, y una tropa no profesional, compuesta por comerciantes y propietarios.
Sin embargo, la sublevación de los Países Bajos, obliga a partir de 1.566 a concentrar en Flandes y los Países Bajos gran número de efectivos, unos procedentes de Italia, y otros organizados en el propio país, o llevados desde Alemania. Los llevados desde Italia son tercios, es decir, unidades expresamente dedicadas a la intervención fuera de la Península Ibérica, como ya hemos dicho. Estos tercios, incardinados en Sicilia, Nápoles, Cerdeña, Lombardía, se han concentrado previamente en Milán, donde se les ha equipado de armamento y ropas, para una larga campaña. Desde Milán a Flandes efectuarán el camino marchando a pie, teniendo como cuarteles de tránsito el enclave español en Francia que era el Franco Condado, y los Estados soberanos pero aliados a España, y en cierto modo dependientes como los ducados de Saboya y Lorena, situados los tres en la línea logística que une los dos territorios de dominio español, Italia y Flandes.
También se sitúa un refuerzo de tropas llevado por mar, el tercio de Mar, especie de Infantería de Marina, llevado por los galeones desde Laredo y Bilbao, hasta el puerto de Dunkerque. Este tercio mereció llamarse El Sacrificado por su heroísmo.
Ante el cariz que tomaban los acontecimientos de Flandes, el duque de Alba, nombrado generalísimo de las fuerzas de Flandes, decidió trasladar tropas de Italia a las provincias rebeldes, a cuyo efecto las concentró en Alessandria della Palla y las revistó el día 2 de junio de 1.567, emprendiendo la marcha hacia Flandes. En la vanguardia iba el tercio de Nápoles con tres escuadrones de caballería italiana y dos compañías de arcabuceros españoles. A continuación el tercio de Lombardía con cuatro compañías de caballos ligeros españoles. A retaguardia toda la infantería de los tercios anteriormente citados y los tercios completos de Sicilia y Cerdeña, cerrando la retaguarida dos escuadrones de caballería de albaneses. En total 1.500 jinetes y 9.348 hombres de infantería. El propio Duque de Alba iba en la vanguardia al frente del Tercio de Nápoles.
La ruta hacia Flandes se siguió desde Milán por tierras del llamado camino español a Flandes que podía ser de soberanía, como las provincias españolas del Franco Condado y Luxemburgo, o de países aliados o amigos.
La marcha de los Tercios españoles desde Italia a Flandes fue la Kermese, el espectáculo sin par del siglo XVI. Cuentan que los nobles, los intelectuales y los elegantes de París salieron en sus coches al camino para verles pasar.
El caballero Pierre de Bourdeille, Señor de Bratôme, escribió en su Diario estas luminosas palabras: AIban arrogantes como príncipes, y tan apuestos, que todos parecían capitanes.@
Esta tropa expedicionaria se unió a las tropas españolas que existían en el país flamenco, y otras dependientes del rey aunque de nacionalidades distintas. Así en el mes de julio los efectivos totales que según el ASumario de las guerras civiles y causas de la rebelión de Flandes@, escrita por P. Cornejo, quien a la vez que cronista fue protagonista de ellas como militar, se contaban en Flandes eran:
Tercio de Nápoles: mandado por Rodrigo de Toledo, 19 compañías con un total de 3. 194 soldados.
Tercio de Lombardía: Mandado por Fernando de Toledo, hijo natural del duque de Alba, después pasó a mandarlo Sancho de Londoño, 10 compañías con un total de 1.204 soldados.
Tercio de Sicilia: mandado por Julián Romero, y después por Lope de Figueroa, 19 compañías con 3.194 soldados.
Tercio de Cerdeña: mandado por Lope de Acuña y después por Juan Solís, 10 compañías con 1756 soldados.
Tercio de Flandes: mandado por Gonzalo de Bracamonte, 19 compañías con 4750 soldados.
Tercio de la Liga: mandado por Francisco Valdés, 19 compañías con 4750 soldados. Este tercio fue creado al constituirse la *Santa Liga+ firmada el día 8 de febrero de 1538 entre el Papa, España y Venecia, para defender el Mediterráneo contra los turcos.
En estas tropas llamadas Infantería española 1/3 son arcabuceros y mosqueteros; 1/3 coseletes o coraceros que combaten solamente con espada, y 1/3 de picas secas, que combaten utilizando la pica, considerada la más noble y la reina de las batallas.
El tercio de Mar: es el antiguo tercio de Figueroa, reformado por Real Orden de 27 de febrero de 1566 con el nuevo nombre de Tercio de la Armada de la mar Océana.
El tren de artillería dispuesto por el duque de Alba estaba formado por 36 baterías. Cada batería se compone de 6 cañones de a 40 o 50 libras de peso por proyectil, 2 culebrinas de 12 a 16, libras, 4 semiculebrinas, de 6 a 8 libras, 12 falconetes de 2 a 5 libras. Este tren de artillería podía servir lo mismo para batir murallas en el asedio a las ciudades, con las piezas de mayor calibre, que para combatir a campo raso como apoyo directo a la infantería en el combate, en cuyos dos supuestos se aumentaban las piezas de uno u otro calibre.
El total de soldados del tren de artillería se elevaba a 3.600 con un mando de oficiales o gentileshombres según se les llamaba, de 140, y un personal subalterno de mecánicos, polvoristas, etc., de 100, más 3 ingenieros, y 10 oficiales subalternos. El tren de artillería se dividía en tres regimientos, cada uno con sus mandos correspondientes.
Todas estas tropas iban acompañadas de capellanes, médicos cirujanos, mariscales (lo que hoy llamaríamos veterinarios y herradores), carros y mulas para equipo y equipajes personales con sus correspondientes acemileros y carreros, y un servicio de comunicaciones formado por los correos de a pie y de a caballo. Las comunicaciones interiores en el tercio se realizaban mediante las señales acústicas realizadas por los tambores, con un código de señales que eran los Atoques de ordenanza@. A la vez, los tambores actuaban como enlaces, y como agentes de información. Por la distinción de que gozaban y el sueldo que recibían podemos considerar que cada tambor estaba equiparado a lo que hoy sería un oficial radiotelegrafista.
Según la Memoria que el duque de Alba dejara a su sucesor en el mando Luis de Requesens, el despliegue de las fuerzas españolas era el siguiente:
Holanda. En La Haya 5 banderas o compañías; en Wardinghen 2; en Maslandt 2; en Capel Viterhoor 3; en Zetfel 2; en Putlop 1; en Hermelen 1; en Fluten 1; en Luistcot 1; en el castillo de Eghmont 9; en Masland Cluse 3; en Aldickt 2; en Lier, 1; en Walteringhe 4; en Catuick 4; en Walkenbourghe 2; en Werscohen 4; en Soter Vaut 4; en Leyden Dorp 1 y en Bodgrave 1. Total en Holanda 59 banderas o compañías, a 250 o 150 hombres.
Brabante. En Bergepzon 4 banderas; en Tolaa 3; en Estamberghe 2; en Besberghe 1; en Baol 1; en Hestorhart 1 y en el Castillo de Amberes 1. Total 13 banderas a 250 o 150 hombres.
Zelanda. En Lagous 2; en Viana 1; en el Castillo de Valenciennes 1; en Malinas 1. Total 7 banderas a 250 o 150 hombres.
También había alemanes. Éstos estaban acantonados en las comarcas de Overissel, Henao, Luxemburgo, Harlem, Nimega, La Haya, Tionville, Monster, Eghemont, Maestrich, Amberes, Breda, Bruselas, Leyden, Utrech, y en otros lugares.
En el ejército español se contaban 104 compañías o banderas de tropas walonas. Sin embargo, conviene tener en cuenta que una gran parte de sus efectivos eran soldados españoles, muchos de ellos catalanes. De las 104 estaban 38 mandadas por jefes españoles, a saber: 10 mandadas por Gaspar Robles; 15 por Mondragón; 6 por Alonso Gómez Gallo; 7 por Francisco Verdugo. Éstos con la categoría de Maestre, es decir, de coronel. La mayoría de los oficiales eran españoles. Los walones procedían de la zona francófona de la actual Bélgica.
En la guerra de Flandes los efectivos españoles y al servicio de España son: Infantería, 57.500, Caballería, 4.780, Artillería, 3.600. Gastadores (ingenieros), 4.121. Transporte, 3,000. Tercios de Mar, 9.000. Total hombres, 82.001. Estos efectivos, de los que si descontamos los dedicados al transporte son 79.000 hombres, habían de luchar no sólo contra toda Holanda y Flandes en armas, sino contra los ejércitos que Inglaterra y Francia enviaban a la zona de conflicto. Ejércitos importantes como el inglés mandado por John Morris, el de Sir Robert Dudley, conde de Leicester, también inglés, y el mandado por Enrique IV de Francia.
De cualquier modo, el peso importante de las campañas fue siempre llevado por los tercios de la Infantería española. Los que hicieron glorioso y temible en Europa su nombre sonoro de los tercios de Flandes.
El soldado de los tercios, o por mejor decir, tal como han de nombrarle en la lista, Señor Soldado, y con el don delante, porque es segundón de casa noble, aunque no tenga patrimonio, y lleva más que rozada la ropilla y el coleto.
Ufano de su talle y su persona con la altivez de un rey en el semblante aunque rotas quizá, viste arrogante sus calzas, su ropilla y su valona.
Noble segundón sin patrimonio, pero con amor a la gloria, a la aventura, y por ello, a la guerra. Recorrió los caminos luminosos y verdes campos de la Italia renacentista, y las tierras frías y encharcadas de los pantanos de la brumosa Flandes.
Su espada es su tesoro, y su pluma en el sombrero chambergo, su penacho y su gala. No le importa morir si es por su Religión y por su rey, aunque haya de dejar llorando a alguna dama:
Monna Laura, señora mía no quisiera haceros llorar; Monna Laura, al rayar el día mi Tercio se va a pelear. Con los pífanos y atambores que al frente lleva el Tercio Real le irán haciendo a tus amores un responsorio funeral.Quizá en las torres de Gaeta o en las murallas de Milán se termine la vida inquieta de tu aventurero galán.Acaso voy hacia la Historiao acaso voy hacia la muerte; pero bien me cuesta la gloria el duro precio de perderte.
El Señor Soldado tiene un alto sentido del amor y del respeto a las damas. La mitad de sus desafíos son por defender el honor de una dama a quien acaso ni siquiera conoce y de la que nada espera. Ha elevado a la mujer a una categoría arcangélica. La desea, pero no se atreve, las más de las veces, a solicitarla.
Flérida, para mí dulce y sabrosa más que la fruta del cercado ajeno.
Con la honra, por delante, de su apellido y de sus cicatrices ganadas en el campo de batalla, habla a las damas con la más exquisita galantería:
Mi porte desenfadado y aquesta banda pomposa bien gallardamente os dicen que estuve en Flandes, señora.Y si nobleza quisiereis mirad cómo la pregona la cruz que luce en mi pecho cual viviente ejecutoria de que es hidalga mi sangre y es mi prosapia famosa.Llevado de nobles ansias dejé mi vieja casona, he corrido muchas tierras en pos de lides heroicas, y derramando mi sangre y acrecentando mi honra he cosechado mil lauros pero ninguna derrota.Luché asaz, pero soy pobre porque derroché mis doblas en plumas para mis fieltrosde anchas alas orgullosas, en bien guarnecidos cintos para mis ricas tizonas y en gigantescas espuelas para mis altivas botas;que en poniéndome a ser grande!ni el Rey con ser rey me dobla!De tanto gallardo arreo, de tanta lucida gloria sólo han venido a quedarme como recuerdo, señora, unas cuantas cicatrices, mi banda de seda roja, la insignia del Santo Apóstol, y esta espada fanfarrona, que mas que mi brazo es débil y es vieja y está mohosa, para ganaros un reino aún tiene fuerza de sobra.
Genio y figura. El viejo soldado, que no tiene fortuna, que ni siquiera tuvo la fortuna de que le matasen en un combate o en un desafío, regresa a España, tras de sus campañas de Italia y de Flandes. Aún presume ante las damas, retorciéndose el bigote, aliñando cuidadosamente las vueltas de su capa raída, y apoyando la mano sobre la empuñadura de la vieja espada que trae al costado.
Pero al final, su destino es bien triste. Lo único que ha sacado de su vida aventurera han sido las aventuras en sí mismas, la honra de haberlas vivido, y la cruz de la Orden de Santiago para llevarla al pecho.
El viejo Señor Soldado acabará recordando con nostalgia sus guerras pasadas, y pidiendo en un Memorial, una mísera pensión al Gobierno:
Negar que la batalla de Nancy se perdiera si el gran duque de Alba ordenado la hubiera;negar su hija al rico indiano pretendiente porque no es noble asaz don Bela; y finalmente alegar sus innúmeras proezas militares para pedirle unos ducados a Olivares.
Así han visto al Señor Soldado los poetas Eduardo Marquina, Enrique López Alarcón, Manuel Machado, Ardavín.., y así se ha visto él mismo. Porque el Señor Soldado tuvo también su pluma y su tintero, y fue dejando por el mundo -llámese Torres Naharro o Garcilaso de la Vega o Calderón de la Barca o el mismo Cervantes-, muestras de su ingenio y retazos de corazón.
Consecuencia de esta necesidad es la creación del tercio de Flandes, con unos efectivos de 6.200 hombres, que va a guarnecer los puntos más conflictivos. Pero en cualquier caso, se trata de un solo tercio. Sin embargo, el levantamiento de los Estados de Holanda, bajo el mando de Luis de Nassau, obliga a España a transportar a Flandes unos efectivos militares, constituidos principalmente por los tercios de Italia, llamados la AInfantería Española@. Estos tercios, y otros que se organizarán a medida que la guerra avanza, serán los principales protagonistas de aquellas acciones militares, gloriosas unas, trágicas las otras, ambas cosas la mayoría.
Para comprender el despliegue estratégico de las fuerzas españolas en aquella guerra que duró desde 1557 a 1568, y en que se dieron las grandes batallas y se alcanzaron éxitos como la toma de Harlem, la de Gemiguen, la de Breda, la de Zierickzee, la de Mock, que acreditaron al ejército español como el más intrépido pero a la vez el más organizado del mundo, detallaremos a continuación los territorios, teatro de operaciones.
Flandes y el Brabante (hoy Bélgica). Comprende nueve provincias, que son: Amberes, capital Amberes. Brabante, capital Bruselas. Flandes Oriental, capital Gante, Flandes Occidental, capital Brujas. Henao, capital Mons. Lieja, capital Lieja, Limburgo, capital Hasselt, Luxemburgo, capital Arlon. Namur, capital Namur.
Dentro de estas nueve provincias hay que señalar que los dos Flandes están a su vez divididos en distritos, a saber: Flandes Oriental, con seis distritos: Gante, Ecloo, Ourdenarde, Alost, Termonde, San Nicolás. Flandes Occidental, dividida en los siguientes distritos: Brujas, Dixmude, Furnes, Ostende, Boulers, Thieit, Ipres, Dunkerque, Valenciennes, Maubeuge, Cambrai. Walonia, territorio comprendido entre el río Lys y el río Escalda, dividido en los siguientes distritos: Courtrai, Roubair, Lille, Douai, Tourcoing. El territorio de los Países Bajos propiamente dicho, comprendía once distritos o Estados, a saber: Brabante, capital Hertogenbosch. Drenthe, capital Assen. Frisia, capital Leeuwarden. Groninga, capital Groninga. Gueldres, capital Arnhem, Holanda Meridional, capital La Haya, Holanda Septentrional, capital Haarlen. Limburgo, capital Maestricht. Overysel, capital Zwolle, Utrech, capital Utrech. Zelanda, capital Middelburgo.
Las guarniciones españolas en tiempo de paz, se limitaban a un Tercio, compuesto íntegramente por soldados españoles, y cinco banderas o compañías de soldados walones, éstas situadas en los cinco distritos de la región de Walonia. El tercio de Flandes, de tropas españolas, repartía sus efectivos entre Amberes, Bruselas, Gante, Brujas, Maestricht y Utrech, con un efectivo aproximado de 250 hombres en cada una de estas plazas El resto de la guarnición del territorio, desde Lille y Valenciennes, hasta la frontera alemana, estaba encomendado a milicias locales, que reciben nombres diversos, como guardias o cofradías, integradas por algunos elementos de la nobleza como mandos militares, y una tropa no profesional, compuesta por comerciantes y propietarios.
Sin embargo, la sublevación de los Países Bajos, obliga a partir de 1.566 a concentrar en Flandes y los Países Bajos gran número de efectivos, unos procedentes de Italia, y otros organizados en el propio país, o llevados desde Alemania. Los llevados desde Italia son tercios, es decir, unidades expresamente dedicadas a la intervención fuera de la Península Ibérica, como ya hemos dicho. Estos tercios, incardinados en Sicilia, Nápoles, Cerdeña, Lombardía, se han concentrado previamente en Milán, donde se les ha equipado de armamento y ropas, para una larga campaña. Desde Milán a Flandes efectuarán el camino marchando a pie, teniendo como cuarteles de tránsito el enclave español en Francia que era el Franco Condado, y los Estados soberanos pero aliados a España, y en cierto modo dependientes como los ducados de Saboya y Lorena, situados los tres en la línea logística que une los dos territorios de dominio español, Italia y Flandes.
También se sitúa un refuerzo de tropas llevado por mar, el tercio de Mar, especie de Infantería de Marina, llevado por los galeones desde Laredo y Bilbao, hasta el puerto de Dunkerque. Este tercio mereció llamarse El Sacrificado por su heroísmo.
Ante el cariz que tomaban los acontecimientos de Flandes, el duque de Alba, nombrado generalísimo de las fuerzas de Flandes, decidió trasladar tropas de Italia a las provincias rebeldes, a cuyo efecto las concentró en Alessandria della Palla y las revistó el día 2 de junio de 1.567, emprendiendo la marcha hacia Flandes. En la vanguardia iba el tercio de Nápoles con tres escuadrones de caballería italiana y dos compañías de arcabuceros españoles. A continuación el tercio de Lombardía con cuatro compañías de caballos ligeros españoles. A retaguardia toda la infantería de los tercios anteriormente citados y los tercios completos de Sicilia y Cerdeña, cerrando la retaguarida dos escuadrones de caballería de albaneses. En total 1.500 jinetes y 9.348 hombres de infantería. El propio Duque de Alba iba en la vanguardia al frente del Tercio de Nápoles.
La ruta hacia Flandes se siguió desde Milán por tierras del llamado camino español a Flandes que podía ser de soberanía, como las provincias españolas del Franco Condado y Luxemburgo, o de países aliados o amigos.
La marcha de los Tercios españoles desde Italia a Flandes fue la Kermese, el espectáculo sin par del siglo XVI. Cuentan que los nobles, los intelectuales y los elegantes de París salieron en sus coches al camino para verles pasar.
El caballero Pierre de Bourdeille, Señor de Bratôme, escribió en su Diario estas luminosas palabras: AIban arrogantes como príncipes, y tan apuestos, que todos parecían capitanes.@
Esta tropa expedicionaria se unió a las tropas españolas que existían en el país flamenco, y otras dependientes del rey aunque de nacionalidades distintas. Así en el mes de julio los efectivos totales que según el ASumario de las guerras civiles y causas de la rebelión de Flandes@, escrita por P. Cornejo, quien a la vez que cronista fue protagonista de ellas como militar, se contaban en Flandes eran:
Tercio de Nápoles: mandado por Rodrigo de Toledo, 19 compañías con un total de 3. 194 soldados.
Tercio de Lombardía: Mandado por Fernando de Toledo, hijo natural del duque de Alba, después pasó a mandarlo Sancho de Londoño, 10 compañías con un total de 1.204 soldados.
Tercio de Sicilia: mandado por Julián Romero, y después por Lope de Figueroa, 19 compañías con 3.194 soldados.
Tercio de Cerdeña: mandado por Lope de Acuña y después por Juan Solís, 10 compañías con 1756 soldados.
Tercio de Flandes: mandado por Gonzalo de Bracamonte, 19 compañías con 4750 soldados.
Tercio de la Liga: mandado por Francisco Valdés, 19 compañías con 4750 soldados. Este tercio fue creado al constituirse la *Santa Liga+ firmada el día 8 de febrero de 1538 entre el Papa, España y Venecia, para defender el Mediterráneo contra los turcos.
En estas tropas llamadas Infantería española 1/3 son arcabuceros y mosqueteros; 1/3 coseletes o coraceros que combaten solamente con espada, y 1/3 de picas secas, que combaten utilizando la pica, considerada la más noble y la reina de las batallas.
El tercio de Mar: es el antiguo tercio de Figueroa, reformado por Real Orden de 27 de febrero de 1566 con el nuevo nombre de Tercio de la Armada de la mar Océana.
El tren de artillería dispuesto por el duque de Alba estaba formado por 36 baterías. Cada batería se compone de 6 cañones de a 40 o 50 libras de peso por proyectil, 2 culebrinas de 12 a 16, libras, 4 semiculebrinas, de 6 a 8 libras, 12 falconetes de 2 a 5 libras. Este tren de artillería podía servir lo mismo para batir murallas en el asedio a las ciudades, con las piezas de mayor calibre, que para combatir a campo raso como apoyo directo a la infantería en el combate, en cuyos dos supuestos se aumentaban las piezas de uno u otro calibre.
El total de soldados del tren de artillería se elevaba a 3.600 con un mando de oficiales o gentileshombres según se les llamaba, de 140, y un personal subalterno de mecánicos, polvoristas, etc., de 100, más 3 ingenieros, y 10 oficiales subalternos. El tren de artillería se dividía en tres regimientos, cada uno con sus mandos correspondientes.
Todas estas tropas iban acompañadas de capellanes, médicos cirujanos, mariscales (lo que hoy llamaríamos veterinarios y herradores), carros y mulas para equipo y equipajes personales con sus correspondientes acemileros y carreros, y un servicio de comunicaciones formado por los correos de a pie y de a caballo. Las comunicaciones interiores en el tercio se realizaban mediante las señales acústicas realizadas por los tambores, con un código de señales que eran los Atoques de ordenanza@. A la vez, los tambores actuaban como enlaces, y como agentes de información. Por la distinción de que gozaban y el sueldo que recibían podemos considerar que cada tambor estaba equiparado a lo que hoy sería un oficial radiotelegrafista.
Según la Memoria que el duque de Alba dejara a su sucesor en el mando Luis de Requesens, el despliegue de las fuerzas españolas era el siguiente:
Holanda. En La Haya 5 banderas o compañías; en Wardinghen 2; en Maslandt 2; en Capel Viterhoor 3; en Zetfel 2; en Putlop 1; en Hermelen 1; en Fluten 1; en Luistcot 1; en el castillo de Eghmont 9; en Masland Cluse 3; en Aldickt 2; en Lier, 1; en Walteringhe 4; en Catuick 4; en Walkenbourghe 2; en Werscohen 4; en Soter Vaut 4; en Leyden Dorp 1 y en Bodgrave 1. Total en Holanda 59 banderas o compañías, a 250 o 150 hombres.
Brabante. En Bergepzon 4 banderas; en Tolaa 3; en Estamberghe 2; en Besberghe 1; en Baol 1; en Hestorhart 1 y en el Castillo de Amberes 1. Total 13 banderas a 250 o 150 hombres.
Zelanda. En Lagous 2; en Viana 1; en el Castillo de Valenciennes 1; en Malinas 1. Total 7 banderas a 250 o 150 hombres.
También había alemanes. Éstos estaban acantonados en las comarcas de Overissel, Henao, Luxemburgo, Harlem, Nimega, La Haya, Tionville, Monster, Eghemont, Maestrich, Amberes, Breda, Bruselas, Leyden, Utrech, y en otros lugares.
En el ejército español se contaban 104 compañías o banderas de tropas walonas. Sin embargo, conviene tener en cuenta que una gran parte de sus efectivos eran soldados españoles, muchos de ellos catalanes. De las 104 estaban 38 mandadas por jefes españoles, a saber: 10 mandadas por Gaspar Robles; 15 por Mondragón; 6 por Alonso Gómez Gallo; 7 por Francisco Verdugo. Éstos con la categoría de Maestre, es decir, de coronel. La mayoría de los oficiales eran españoles. Los walones procedían de la zona francófona de la actual Bélgica.
En la guerra de Flandes los efectivos españoles y al servicio de España son: Infantería, 57.500, Caballería, 4.780, Artillería, 3.600. Gastadores (ingenieros), 4.121. Transporte, 3,000. Tercios de Mar, 9.000. Total hombres, 82.001. Estos efectivos, de los que si descontamos los dedicados al transporte son 79.000 hombres, habían de luchar no sólo contra toda Holanda y Flandes en armas, sino contra los ejércitos que Inglaterra y Francia enviaban a la zona de conflicto. Ejércitos importantes como el inglés mandado por John Morris, el de Sir Robert Dudley, conde de Leicester, también inglés, y el mandado por Enrique IV de Francia.
De cualquier modo, el peso importante de las campañas fue siempre llevado por los tercios de la Infantería española. Los que hicieron glorioso y temible en Europa su nombre sonoro de los tercios de Flandes.
El soldado de los tercios, o por mejor decir, tal como han de nombrarle en la lista, Señor Soldado, y con el don delante, porque es segundón de casa noble, aunque no tenga patrimonio, y lleva más que rozada la ropilla y el coleto.
Ufano de su talle y su persona con la altivez de un rey en el semblante aunque rotas quizá, viste arrogante sus calzas, su ropilla y su valona.
Noble segundón sin patrimonio, pero con amor a la gloria, a la aventura, y por ello, a la guerra. Recorrió los caminos luminosos y verdes campos de la Italia renacentista, y las tierras frías y encharcadas de los pantanos de la brumosa Flandes.
Su espada es su tesoro, y su pluma en el sombrero chambergo, su penacho y su gala. No le importa morir si es por su Religión y por su rey, aunque haya de dejar llorando a alguna dama:
Monna Laura, señora mía no quisiera haceros llorar; Monna Laura, al rayar el día mi Tercio se va a pelear. Con los pífanos y atambores que al frente lleva el Tercio Real le irán haciendo a tus amores un responsorio funeral.Quizá en las torres de Gaeta o en las murallas de Milán se termine la vida inquieta de tu aventurero galán.Acaso voy hacia la Historiao acaso voy hacia la muerte; pero bien me cuesta la gloria el duro precio de perderte.
El Señor Soldado tiene un alto sentido del amor y del respeto a las damas. La mitad de sus desafíos son por defender el honor de una dama a quien acaso ni siquiera conoce y de la que nada espera. Ha elevado a la mujer a una categoría arcangélica. La desea, pero no se atreve, las más de las veces, a solicitarla.
Flérida, para mí dulce y sabrosa más que la fruta del cercado ajeno.
Con la honra, por delante, de su apellido y de sus cicatrices ganadas en el campo de batalla, habla a las damas con la más exquisita galantería:
Mi porte desenfadado y aquesta banda pomposa bien gallardamente os dicen que estuve en Flandes, señora.Y si nobleza quisiereis mirad cómo la pregona la cruz que luce en mi pecho cual viviente ejecutoria de que es hidalga mi sangre y es mi prosapia famosa.Llevado de nobles ansias dejé mi vieja casona, he corrido muchas tierras en pos de lides heroicas, y derramando mi sangre y acrecentando mi honra he cosechado mil lauros pero ninguna derrota.Luché asaz, pero soy pobre porque derroché mis doblas en plumas para mis fieltrosde anchas alas orgullosas, en bien guarnecidos cintos para mis ricas tizonas y en gigantescas espuelas para mis altivas botas;que en poniéndome a ser grande!ni el Rey con ser rey me dobla!De tanto gallardo arreo, de tanta lucida gloria sólo han venido a quedarme como recuerdo, señora, unas cuantas cicatrices, mi banda de seda roja, la insignia del Santo Apóstol, y esta espada fanfarrona, que mas que mi brazo es débil y es vieja y está mohosa, para ganaros un reino aún tiene fuerza de sobra.
Genio y figura. El viejo soldado, que no tiene fortuna, que ni siquiera tuvo la fortuna de que le matasen en un combate o en un desafío, regresa a España, tras de sus campañas de Italia y de Flandes. Aún presume ante las damas, retorciéndose el bigote, aliñando cuidadosamente las vueltas de su capa raída, y apoyando la mano sobre la empuñadura de la vieja espada que trae al costado.
Pero al final, su destino es bien triste. Lo único que ha sacado de su vida aventurera han sido las aventuras en sí mismas, la honra de haberlas vivido, y la cruz de la Orden de Santiago para llevarla al pecho.
El viejo Señor Soldado acabará recordando con nostalgia sus guerras pasadas, y pidiendo en un Memorial, una mísera pensión al Gobierno:
Negar que la batalla de Nancy se perdiera si el gran duque de Alba ordenado la hubiera;negar su hija al rico indiano pretendiente porque no es noble asaz don Bela; y finalmente alegar sus innúmeras proezas militares para pedirle unos ducados a Olivares.
Así han visto al Señor Soldado los poetas Eduardo Marquina, Enrique López Alarcón, Manuel Machado, Ardavín.., y así se ha visto él mismo. Porque el Señor Soldado tuvo también su pluma y su tintero, y fue dejando por el mundo -llámese Torres Naharro o Garcilaso de la Vega o Calderón de la Barca o el mismo Cervantes-, muestras de su ingenio y retazos de corazón.
Al finalizar la Edad Media el influjo de la antigüedad clásica se deja sentir poderosamente en Europa promoviendo la aparición de profundas transformaciones políticas y sociales que marcan el nacimiento de los modernos Estados europeos. Como consecuencia de la superación de las estructuras medievales se crean ejércitos permanentes en cuya concepción y organización influyen no poco los principios constitutivos de la milicia romana.
En España ese tipo de ejército de carácter permanente se configura a finales del siglo XV con motivo de las guerras entabladas con Francia en Italia por Fernando el Católico, quien en 1496 organizó la Infantería en unidades tácticas denominadas compañías que constaban de quinientos hombres. Sin embargo estas unidades no poseían suficiente capacidad de combate para operar aisladamente por lo que más adelante se creó una unidad superior denominada coronelía, que constaba de veinte compañías y contaba además con elementos de caballería y de artillería. Tras las victorias del Gran Capitán sobre los franceses en Italia, las afortunadas campañas del cardenal Cisneros en África y la elevación de Carlos V al trono imperial de Alemania, España se convierte en pieza fundamental de la dinámica europea configurada por la expansión del protestantismo en el norte y por la amenaza turca en el Mediterráneo. Para defender la unidad espiritual y política de Europa, el César Carlos convierte al ejército que le legara el cardenal Cisneros en una formidable máquina de guerra, en la que la Infantería organizada en tercios asombrará en adelante a Europa por su eficacia y disciplina. Los primeros tercios creados en Italia a propuesta del Duque de Alba, fueron los de Lombardía, Sicilia y Nápoles.
En su génesis es preciso tener en cuenta tanto la doctrina y la práctica militares del Gran Capitán recogidas y asimiladas por sus oficiales y sucesores como la fusión del influjo de la antigüedad clásica con la tradición militar forjada en España a lo largo de siglos de enfrentamiento con el Islam así como las transformaciones en las tácticas de combate promovidas por la aparición de las armas de fuego portátiles.
La influencia de la antigüedad clásica se manifiesta sobre todo en la evidente filiación grecorromana de los órdenes de marcha y combate, en la disposición genuinamente romana de los campamentos, y en la preponderancia de la Infantería sobre la Caballería. Si durante el Medioevo la Caballería había constituido el elemento decisivo en las batallas quedando relegados los combatientes a pie a un papel meramente auxiliar. Durante el siglo XV esta relación de fuerzas comienza a cambiar de signo, convirtiéndose gradualmente la masa infante en la unidad fundamental de combate. El caballero se siente cada vez más impotente ante las formaciones erizadas de picas entre las que se sitúan tropas armadas con arcabuces, y, en un esfuerzo desesperado por no perder la hegemonía conservada en el campo de batalla durante siglos, se reviste de armaduras cada vez más pesadas que si bien le proporcionan cierta protección frente al impacto de los proyectiles, le van restando movilidad hasta el punto de dejarle inerme frente al enemigo cuando cae de su cabalgadura.
La tradición militar hispanoárabe se advierte fácilmente en la existencia en la España del Renacimiento de un ambiente belicoso propicio a fomentar la carrera de las armas. De esta forma, aunque Carlos V empleó el sistema de levas para organizar las tropas de Italia y las guarniciones de África, su ejército se nutrió en gran medida de voluntarios. A fin de regular el alistamiento voluntario la Real Hacienda hacía un contrato con un capitán cuya reputación garantizara su capacidad para alistar a un cierto número de soldados, y los inspectores reales determinaban si se habían cumplido las condiciones establecidas en el contrato antes de pagar a aquél. Los que voluntariamente se alistaban, llamados guzmanes, eran con frecuencia hijos de familias nobles que preferían la carrera militar a la cortesana o eclesiástica y deseaban ponerse al servicio de los oficiales de mayor fama.
En España ese tipo de ejército de carácter permanente se configura a finales del siglo XV con motivo de las guerras entabladas con Francia en Italia por Fernando el Católico, quien en 1496 organizó la Infantería en unidades tácticas denominadas compañías que constaban de quinientos hombres. Sin embargo estas unidades no poseían suficiente capacidad de combate para operar aisladamente por lo que más adelante se creó una unidad superior denominada coronelía, que constaba de veinte compañías y contaba además con elementos de caballería y de artillería. Tras las victorias del Gran Capitán sobre los franceses en Italia, las afortunadas campañas del cardenal Cisneros en África y la elevación de Carlos V al trono imperial de Alemania, España se convierte en pieza fundamental de la dinámica europea configurada por la expansión del protestantismo en el norte y por la amenaza turca en el Mediterráneo. Para defender la unidad espiritual y política de Europa, el César Carlos convierte al ejército que le legara el cardenal Cisneros en una formidable máquina de guerra, en la que la Infantería organizada en tercios asombrará en adelante a Europa por su eficacia y disciplina. Los primeros tercios creados en Italia a propuesta del Duque de Alba, fueron los de Lombardía, Sicilia y Nápoles.
En su génesis es preciso tener en cuenta tanto la doctrina y la práctica militares del Gran Capitán recogidas y asimiladas por sus oficiales y sucesores como la fusión del influjo de la antigüedad clásica con la tradición militar forjada en España a lo largo de siglos de enfrentamiento con el Islam así como las transformaciones en las tácticas de combate promovidas por la aparición de las armas de fuego portátiles.
La influencia de la antigüedad clásica se manifiesta sobre todo en la evidente filiación grecorromana de los órdenes de marcha y combate, en la disposición genuinamente romana de los campamentos, y en la preponderancia de la Infantería sobre la Caballería. Si durante el Medioevo la Caballería había constituido el elemento decisivo en las batallas quedando relegados los combatientes a pie a un papel meramente auxiliar. Durante el siglo XV esta relación de fuerzas comienza a cambiar de signo, convirtiéndose gradualmente la masa infante en la unidad fundamental de combate. El caballero se siente cada vez más impotente ante las formaciones erizadas de picas entre las que se sitúan tropas armadas con arcabuces, y, en un esfuerzo desesperado por no perder la hegemonía conservada en el campo de batalla durante siglos, se reviste de armaduras cada vez más pesadas que si bien le proporcionan cierta protección frente al impacto de los proyectiles, le van restando movilidad hasta el punto de dejarle inerme frente al enemigo cuando cae de su cabalgadura.
La tradición militar hispanoárabe se advierte fácilmente en la existencia en la España del Renacimiento de un ambiente belicoso propicio a fomentar la carrera de las armas. De esta forma, aunque Carlos V empleó el sistema de levas para organizar las tropas de Italia y las guarniciones de África, su ejército se nutrió en gran medida de voluntarios. A fin de regular el alistamiento voluntario la Real Hacienda hacía un contrato con un capitán cuya reputación garantizara su capacidad para alistar a un cierto número de soldados, y los inspectores reales determinaban si se habían cumplido las condiciones establecidas en el contrato antes de pagar a aquél. Los que voluntariamente se alistaban, llamados guzmanes, eran con frecuencia hijos de familias nobles que preferían la carrera militar a la cortesana o eclesiástica y deseaban ponerse al servicio de los oficiales de mayor fama.
